Corría junio o julio del año 1983 cuando la casa se revolucionó con la llegada de un radio grabador de industria nacional llamado Alfide, un aparato por entonces lleno de opciones que venía procedente de esa mágica isla que imaginaba envuelta en llamas cuando mi madre decía “Tierra del Fuego”.
Allí trabajaba el querido tío Enrique, quien venía a visitar a la familia cada tanto. Traía cigarrillos importados y algunos electrodomésticos exentos de impuestos que siempre alguien le pedía.Al caer la noche, si mi viejo trabajaba, escuchaba la radio entusiasmado y con mucha curiosidad. Con mis hermanos nos sentábamos a esperar algún programa que pase buenos temas para poder grabarlos en esos viejos casetes TDK, que venían negros con etiquetas blancas y rojas.
Cuando después de la presentación del locutor sonaban los primeros acordes, soltaba la pausa haciendo un movimiento silencioso y casi imperceptible para mi vieja, que no quería que ninguno de nosotros juegue con el radio grabador porque podíamos romperlo. Era un segundo marcado por el encanto, a pesar de que a veces la grabación quedaba pisada con la voz del conductor.
Hay recuerdos de la infancia que supongo todos conservamos realmente bien guardados, pero que sin embargo no dan la cara hasta que algo los llama.
En mi caso, generalmente, cuando alguien me conversa sobre tecnología vienen a mí las mismas imágenes, acompañadas por un aire intensamente fresco, sumado al típico olor a comida de mediodía. Siempre recuerdo la misma radio, los mismos casetes, las mismas manos intentando grabar viejas canciones. Aunque, por alguna extraña razón, al radio grabador lo recuerdo prácticamente destruido, cuando ya no toleraba una sola grabación más.
Ese pudo haber sido el primer contacto medianamente importante con lo que pensaba para mí era la tecnología: algo así como un mundo lleno de cosas nuevas para descubrir y disfrutar con mis hermanos, con quienes siempre tuvimos más apego por los aparatos electrónicos que por los libros.
Pero el tiempo se fue sin tomarse el desayuno, y de grabar temas en viejos casetes pasamos rápidamente a convertir archivos de audio WAV a MP3, o a emplear el Bluetooth para intercambiarlos, o más aún, ahora mismo pasamos a escucharlos a través de diversas plataformas sin necesidad de grabar nada. En pocos años, la tecnología cambió más rápido que yo de pantalones, actualizando tantos recursos que ya se me hace difícil distinguir qué cosa es o no actual.
Esos, entre otros que cada tanto llaman a mi puerta, son los recuerdos que todavía condimentan una parte importante de mi existencia. Imágenes que me transportan a otra época y conectan, incluso, con viejos amigos con los que intercambiábamos casetes, originales y grabados.
Esos recuerdos son los que hoy se acordaron que estoy vivo. Y vinieron a verme con una revista El Gráfico bajo el brazo, figuritas del Campeonato Metropolitano y un pan de marraqueta, que más tarde untaré con manteca, mientras al borde de la mesa, y con volumen muy bajo, quedará sonando la vieja radio con sus parlantes pinchados.
Eso será toda la noche, hasta que salga el sol.

0 Comentarios