Cada tanto aparece una elección que obliga a desempolvar las mismas palabras. "Ola", "giro", o la mejor de todas: "nuevo mapa político".

Los periodistas las pronuncian (bueno, las pronunciamos) con una mezcla de entusiasmo y resignación. Los consultores las convierten en gráficos de colores. Los politólogos escriben artículos extensos donde todo parece encajar admirablemente. Y mientras tanto, el ciudadano que acaba de salir del trabajo, que paga el alquiler, que mira el celular esperando que no llegue otra factura, probablemente ni siquiera sepa que acaba de protagonizar un nuevo capítulo de una teoría.

Ahora le toca a Perú.

La victoria de Keiko Fujimori volvió a poner sobre la mesa una pregunta que ya recorrió Argentina, Chile, Colombia y buena parte del continente: ¿Sudamérica gira a la derecha?

Es una pregunta tentadora, claro que sí. Pero también cómoda, y a esta altura, hasta perezosa.

Porque ordenar el mundo siempre resulta más sencillo que aceptar que ese mundo, muchas veces, se resiste a ser ordenado. Al menos de la forma en que se lo ha querido ordenar hasta ahora.

Durante años los analistas hablaron de "marea rosa". Después vino el supuesto regreso del liberalismo. Más tarde celebramos —o "lamentamos", según quién escriba— el retorno progresista. Ahora algunos anuncian el avance de una nueva derecha continental con la misma seguridad con la que hace unos años anunciaban exactamente lo contrario.

Quizá el problema sea nuestra necesidad de ponerle nombre a cada oleaje antes de averiguar hacia dónde va el agua. O esa cosa que se mete por la hendidura de una urna.

Hay algo que no termina de cerrar.

Porque cuando uno escucha hablar a los votantes, descubre que pocos se levantan una mañana diciendo "hoy amanecí de derecha". Lo que dicen es otra cosa: que están cansados, que la plata no alcanza, que desconfían de todos, que son todos corruptos. No hablan en términos ideológicos. Hablan en términos domésticos, cotidianos. Y ahí, tal vez, esté la diferencia.

No es que estemos asistiendo a una conversión masiva hacia la derecha, sino a una migración de votos hacia cualquier dirigente que prometa hacerse cargo del problema más urgente. No es que crean: es que necesitan seguir creyendo en algo.

Hoy ese dirigente suele venir desde la derecha. Mañana, quién sabe.

En América Latina los gobiernos duran más que las ilusiones, pero menos que los desencantos. Esa, más que una teoría, es una verdad a secas.

La región parece haberse convertido en una inmensa sala de espera donde cada administración recibe un número, ocupa su turno y, tarde o temprano, termina escuchando que alguien grita: "el siguiente, por favor".

Eso explica, en parte, por qué las etiquetas duran menos que antes. No porque hayan desaparecido las ideologías, sino porque las urgencias son urgentes de verdad. Vaya redundancia.

En ese marco, Europa y Sudamérica parecen espejos con algunos años de diferencia. O, como se dice ahora, con delay. Mientras allá algunos movimientos conservadores empiezan a descubrir que gobernar es bastante más difícil que protestar, de este lado todavía conservan el atractivo de quienes prometen que esta vez será distinto. Aunque la historia latinoamericana tenga la saludable costumbre de desconfiar de quienes pronuncian esa frase.

Quizá dentro de cinco años volvamos a escribir sobre otra ola. Volveremos a buscar un nombre elegante para explicar un continente que insiste en moverse mucho más rápido que nuestras categorías.

Porque, al final, puede que el verdadero cambio no haya ocurrido en la derecha ni en la izquierda. Puede sí que haya ocurrido en la urgencia: en esas necesidades que se acumulan, gobierno tras gobierno, sin encontrar quien las resuelva.

Y esa urgencia, para fortuna de la democracia y desesperación de quienes intentamos interpretarla, no tiene ideología. Solo tiene hambre de ser resuelta.