Si acaso siente que su alma padece algún trastorno —no diagnosticable, pero persistente—, se recomienda comer poesía. No figura en ninguna obra social ni aparece en los prospectos oficiales, pero créame: algo hace. La poesía tal vez no le ayude a pagar los impuestos ni a llegar a fin de mes, pero le va a ayudar a encontrarse. Y en estos tiempos, encontrarse ya es bastante.
Porque en las palabras, en ciertos versos, uno puede lograr eso y más. Casi nadie recomienda hoy semejante cosa. No cotiza en redes, no genera likes, no se viraliza con facilidad. Pero bien vale la pena. No importa qué autor. No importa si es un clásico consagrado o alguien que escribe desde una mesa chica, en silencio. Vale la pena empezar. Después, cada uno verá.
Vivimos tiempos de crueldad desatada, de opiniones a los gritos, de verdades urgentes y sentencias rápidas. Tiempos en los que parece que nadie quiere ni a su madre. Por eso, quizá, un buen ejercicio sea empezar a mirarse hacia adentro. Apagar, al menos por un rato, esas pantallas que tanto ruido generan, y hurgar en las miserias y pasiones que todos tenemos pero que a menudo no sabemos cómo canalizar.
Si estamos de acuerdo en que un mundo mejor no se alcanza con odio, entonces algo habrá que hacer. Excepto que no te importe nada, que también puede ser. Pero no hablo de grandes gestas ni esfuerzos épicos. A veces, callarse la boca vale más que decir una pavada, incluso —o sobre todo— si viene acompañada de una tonta cita de autoridad.
Con el paso de los años también nos hemos ido dando cuenta de otra cosa: la palabra parece estar en proceso de devaluación. No porque se diga poco, sino porque se dice demasiado y casi siempre sin peso. Circula rápido, se consume rápido, se descarta rápido. Los sentimientos mismos parecen definirse antes de ser vividos, como si vinieran ya etiquetados, listos para usar. Esa aparente claridad no nos conduce a una mayor comprensión, sino a una forma extraña de silencio: no el de quien no puede expresarse, sino uno más hondo y preocupante, el de no poder hablarnos a nosotros mismos.
Vivimos rodeados de ruido. Opiniones permanentes, diagnósticos exprés, indignaciones programadas. Todo parece exigir una toma de posición inmediata, como si dudar fuera una falla moral. En ese contexto, la palabra deja de ser un puente y pasa a ser un arma arrojadiza. Se la usa para imponer, para intentar ganar una discusión que mañana ya nadie recordará. Y en ese uso constante, utilitario y brutal, pierde espesor, pierde sentido, pierde humanidad.
Podemos —o creemos tener— el derecho de hablar de todo y de todos. Hablamos sobre la vida ajena con una facilidad pasmosa: sobre la política, la cultura, el dolor, la pobreza o la felicidad, casi siempre desde una cómoda distancia. Pero cuando el ejercicio es hacia adentro, cuando la palabra deja de señalar afuera y empieza a funcionar como espejo, la cosa cambia. Tal vez por eso evitamos ese viaje. Seguramente. Porque si el diálogo fuera con uno mismo, brutalmente con uno mismo, quizás no nos gustaría demasiado lo que tendríamos para decirnos.
En ese punto, la poesía aparece casi como un gesto político, aunque no lo pretenda necesariamente. Leer poesía —o escribirla— es frenar. Es negarse, aunque sea por un rato, a la lógica del grito permanente. Es aceptar la complejidad, la contradicción, la pausa. No propone respuestas inmediatas ni soluciones mágicas, pero obliga a escuchar. Y si, como le decía al principio, encontrarse ya es bastante, escuchar es una forma de resistencia.
Tenemos grandes poetas. No sólo a nivel nacional: también los hay en nuestra ciudad. Algunos ya han dado muestras de sobra de lo que son capaces, como el gran Jorge Curinao. Otros escriben sin estridencias, lejos del ruido, y prefiero no nombrar nadie más. Simplemente por respeto. Porque la poesía, como ciertas verdades, suele crecer mejor cuando no se la señala demasiado.
Tal vez por eso, cuando todo invita a hablar más fuerte, a opinar de todo y a no callarse nunca, comer poesía siga siendo un acto simple, silencioso y profundamente necesario.
Al menos para mí.

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