De la poca Independencia a la extraviada Libertad


Caminando las calles de la ciudad uno puede advertir que hay zonas remotas —no por distancia sino por desatención— donde los nombres de las arterias nos empujan a pensar, casi sin proponérselo, en asuntos que parecen menores pero que, mirados con un poco más de atención, dicen bastante sobre nosotros y sobre la manera en que administramos lo común.

Río Gallegos tiene una calle llamada Independencia. Está en el barrio CODEPRO, por si alguien no lo recuerda o le cuesta ubicarla. Lo cual es comprensible porque no es una calle central, ni extensa, ni demasiado visible. De hecho, tal vez muchos vecinos ni siquiera hayan reparado en su existencia, no por desinterés sino porque la Independencia, en este caso, mide apenas dos cuadras. Dos. Pero dos de menos de cuarenta metros.

Hasta hace algunos años también teníamos una calle Libertad. Teníamos. Un buen día dejó de figurar en los mapas. No se la tragó la tierra ni fue víctima del atemorizante viento de fin de año. Simplemente fue rebautizada. Pasó a llamarse Raúl Alfonsín, lo cual no está mal. Alfonsín merece homenajes, placas y calles. Aunque esto resulte discutible para los “discutidores” de todo (yo también podría ser uno de ellos). Lo curioso es que, en el operativo, nadie pensó en trasladar la libertad a otro punto de la ciudad. Se la quitó y no se la repuso. Libertad: extraviada.

No es la primera vez que esto llama la atención, o que me lleva particularmente a escribir. De hecho, ya hice un texto similar hace varios años en el diario en el que trabajé durante más de dos décadas. Pero dicen que el público se renueva, los textos se olvidan y la realidad, obstinada, permanece igual: la Independencia sigue siendo corta y de la Libertad no hay ni rastros de que podamos recuperarla.

En casi cualquier ciudad capital del país (por no decir, de Latinoamérica), Independencia y Libertad suelen ser calles importantes. Largas, transitadas, hasta centrales. Acá no. Acá una es una rareza urbana de dos cuadras, en un barrio hasta hace unos años periférico, y la otra es apenas un recuerdo administrativo. No por una discusión simbólica profunda, sino más bien por esa tendencia tan nuestra digamos a dejar las cosas como están. Incluso cuando no parecen estar bien.

No se trata de ponerse pretencioso con temas menores. Nadie supone que el nombre o la extensión de una calle vaya a resolver los problemas estructurales de la ciudad. Pero ocurre que, si ni siquiera en los asuntos menos determinantes logramos corregir algo, pensar un poco mejor o hacer las cosas de otra manera, el panorama se vuelve bastante más preocupante.

Sobre todo porque estas decisiones no surgen de la nada. En el Honorable Concejo Deliberante existe una comisión conformada específicamente para la nomenclatura urbana. Hay ediles, asesores, hay tiempo. Y entre charla y charla, o entre scrolleo y scrolleo, quizá alguien podría plantearse preguntas sencillas: ¿qué nos cuesta darle más metros a la Independencia? ¿Qué podría molestarnos buscarle un nuevo espacio a la Libertad?

Menciono estas dos calles por no mencionar otras. Algunas que no deberían estar, otras que merecerían una revisión honesta. Pero eso implicaría debatir, argumentar, decidir. Implicaría, en definitiva, tomarse en serio hasta los símbolos, esos que parecen decorativos hasta que un día notamos que también hablan de la desidia.

Porque las ciudades no pierden sentido de golpe. Lo pierden de a poco, por acumulación de gestos mínimos, por omisiones pequeñas, por decisiones que nadie revisa. Y así terminamos viviendo en un lugar donde la Independencia dura dos cuadras, la Libertad no tiene dirección conocida y a nadie parece preocuparle demasiado encontrarla.

Y todo esto también habla de nosotros.

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