Regreso a lo analógico: jóvenes en busca del eslabón perdido




En una época donde todo parece suceder con mucha rapidez y en simultáneo —las canciones, las noticias, las conversaciones, el conectar con otros— hay gestos que empiezan a ir en sentido contrario. Son gestos pequeños, casi silenciosos. Por ejemplo, apoyar una púa sobre un disco, rebobinar una cinta, sacar una fotografía con una máquina de fotos. En medio de la velocidad digital (¿o voracidad?), lo analógico parece querer abrirse un lugar casi de manera inesperada. Aunque tal vez no como reemplazo, sino como refugio.

El fenómeno no es aislado ni local. A nivel global, distintos informes coinciden últimamente en que hay un resurgimiento de formatos y prácticas analógicas, impulsado sobre todo por jóvenes. En ese sentido, un análisis publicado hace unas semanas por La Vanguardia señala que esta tendencia responde a una “búsqueda de experiencias más tangibles frente a la inmediatez digital”. En la misma línea, El País advierte que el atractivo no radica solo en la nostalgia, sino en la posibilidad de recuperar una experiencia física, “auténtica”, en contraste con lo virtual.

Los números acompañan esa percepción. Según datos difundidos también hace pocos días por Infobae, el mercado global del vinilo crece a un ritmo cercano al 18% anual, con picos aún mayores en algunos países. Pero lo más llamativo no es el crecimiento en sí, sino quiénes lo protagonizan: la Generación Z. Jóvenes que nacieron en plena era digital compran discos —muchas veces sin tener tocadiscos— y los convierten en objeto cultural, en pieza de colección, en marca de identidad.

Ahí aparece una de las claves del fenómeno. El consumo ya no es solamente funcional: es simbólico. Y también, en cierta medida, una respuesta. Diversos estudios citados en medios periodísticos indican que cerca del 80% de los jóvenes manifiesta preocupación por su dependencia tecnológica, mientras que tres de cada cuatro consideran que las redes sociales afectan su salud mental. En ese contexto, lo analógico ofrece algo que lo digital no puede replicar del todo: tiempo, pausa, materialidad.

En América Latina, la tendencia adopta matices propios. No se trata solo de recuperar un formato, sino de redescubrir una experiencia. Medios de la región describen el regreso del vinilo como un “ritual” que nuevas generaciones no habían conocido: elegir un disco, colocarlo, escuchar un lado completo sin interrupciones. Un gesto simple que, en tiempos de reproducción infinita, adquiere otro peso. Y casi con seguridad también contribuye positivamente con la salud mental.

Argentina no queda al margen. Es que en nuestro país, aunque el fenómeno se mueve más en circuitos específicos que en consumos masivos, los indicios son claros. Datos del sector señalan que el mercado del vinilo creció alrededor de un 35% en los últimos dos años. En ferias, disquerías y espacios culturales conviven coleccionistas de toda la vida con jóvenes que se acercan por primera vez, atraídos tanto por la música como por el objeto. 

Pero, otra vez, el dato más relevante no es el número. Es el sentido. El vinilo —como el libro en papel, la cámara analógica o incluso ciertos espacios de sociabilidad sin pantallas— deja de ser solo una herramienta para convertirse en una experiencia. En algo que se toca, que se mira, que ocupa un lugar físico. En un tiempo donde casi todo pasa por una pantalla, eso no es un detalle menor.

Hay, en este regreso de lo analógico, algo más que una moda. No es un rechazo frontal a la tecnología —nadie abandona el streaming ni las redes, al menos no parece eso lo que ocurre—, sino una forma de equilibrar las cosas. Una búsqueda, quizá, de recuperar cierta relación con el tiempo. Parece como que los jóvenes estuvieran advirtiendo que, entre lo viejo y lo nuevo, hay un eslabón perdido que deben necesariamente encontrar.


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