Hielos al sol del verano

Dicen que no se extrañan los lugares, sino los tiempos que uno pasó en ellos. Tal vez por eso cuesta tanto mirar hoy algunas calles de Río Gallegos sin que algo se mueva por dentro. Es inevitable. Las casas siguen en pie, las veredas del centro son las mismas, pero el tiempo —ese que no te fía un pucho— va haciendo su trabajo sin contemplación. Los cambios no siempre hacen ruido, y a veces se anuncian con un cartel que nada más dice “se vende”.
En los últimos meses, o más de un año, esa leyenda empezó a repetirse con una frecuencia inquietante en la ciudad. Donde antes era común ver un “se alquila”, hoy aparece la oferta definitiva. No es, sin embargo, una venta segura ni mucho menos. Al contrario: hay cada día más casas que se ofrecen y cada vez menos interés de compra. Las propiedades no se van; se quedan. Esperan. Están ahí, como si también ellas estuvieran a la expectativa de algo que no termina de llegar.
Esas casas no son anónimas. No lo fueron nunca. Y más allá de la obviedad, en más de una vivía una familia conocida, un compañero de la escuela, un vecino de años. En otras funcionaba un consultorio, un comercio chico, o era el punto de encuentro obligado porque ahí vivía algún pariente. Lugares por donde pasamos de la mano de nuestras madres o padres, sin saber que un buen día esos trayectos iban a convertirse en recuerdos resquebrajados.
Por eso el cartel no nos advierte o informa sobre una operación inmobiliaria y nada más. Activa nuestra memoria. Dispara nombres, escenas, voces. Uno recuerda quién vivía ahí, cómo era el frente, vuelve a sentir aromas de jardines, olores de comidas de mediodía, a escuchar una charla corta en una de esas veredas. Y de pronto, sin buscarlo, aparece una sensación difícil de precisar: una mezcla de tristeza, desconcierto y extrañeza. No porque alguien necesariamente se vaya, sino porque algo parece haberse detenido casi con angustia.
Los tiempos indudablemente han cambiado. Cambió la política, la economía. Cambiaron las certezas mínimas. Aquellas promesas de progreso, de ciudad pujante, de futuro asegurado, se fueron diluyendo con los años. No hubo un día exacto en que se rompiera el hechizo, pero hoy el paisaje lo deja todo al desnudo.
El adulto que soy entiende lo que el niño que fui no podía ver: que las grandes decisiones no siempre se anuncian desde arriba, sino que también se sienten en lo doméstico. En la mesa familiar, en la duda de quedarse o irse, en la persistencia de una esperanza cada vez más administrada por la monotonía. El futuro dejó de ser promesa y este presente golpea fuerte. No sabemos qué va a pasar. Usted entiende lo que digo.
Sin embargo, no busco explicar ni sentenciar. Es apenas una forma de registrar lo que pasa mientras pasa. De aceptar que, al ver tantas casas en venta, no sólo cambia la fisonomía de la ciudad, sino también algo en quienes la caminamos. Porque al final, no son las viviendas las que se ponen en venta: son fragmentos de vida que entran en pausa, brillan un instante más y luego empiezan, lentamente, a desvanecerse. O a derretirse. Como hielos al sol del verano.

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