Verla tirada en el suelo fue un impacto. Apenas se movía: las alas desencajadas pedían clemencia y sus patitas, quebradas, no le permitían hacer pie. Estaba mal, pésimamente mal. Sollozaba la poca vida que le quedaba mientras yo, que apenas pasaba por la cocina a buscar un vaso de agua, decidí concederle unos segundos.
Rezó. Imploró. Suplicó ayuda. Me ofreció todas las explicaciones al alcance de su inescrupulosa existencia. No me convenció, aunque la escuché con paciencia, sin interrumpirla, aun cuando ya se me hacía tarde.
Su destino iba a quedar marcado allí, en el suelo, para siempre. Y tal vez fue al verla así, estropeada como un coche tras estrellarse contra un árbol, que sentí una angustia inédita. La miserable ensayó entonces algunos planteos metafísicos, y poco a poco comencé a entenderla. Creo que terminó de convencerme cuando mencionó cierta vinculación con miembros de un sindicato, o algo por el estilo.
Supe en ese momento que, a través de los siglos, las moscas han intentado sostener un sistema ordenado, regido por principios elementales de convivencia y respeto por el prójimo. Un esquema, incluso, bastante democrático, por el cual muchas de ellas mueren cada día, víctimas de factores diversos.
A diario, en busca de su objetivo, algunas se meten en serios problemas y, aunque vuelen con velocidad para escapar del peligro, tarde o temprano terminan estirando las patitas, ajusticiadas por una sombra inmensa o por un tóxico letal.
Yo elegí una pinza de puntas muy finas.
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