Mientras todos responden

Lo único que me queda es escribir. Escribir cualquier cosa. No importa qué o sobre quiénes. La urgencia no pide permisos, tampoco temas demasiado relevantes, simplemente aparece. Así que empiezo con el celular, casi por inercia; sigo en un viejo cuaderno y termino frente a la computadora. No importa dónde. Debo escribir. Y mientras eso hago intento recordar infructuosamente en qué momento de mí existencia escribir dejó de ser una necesidad. Tal vez sea la soledad. Pero no la tradicional, esa que asociamos al vacío, sino esta otra, más difícil de explicar. La soledad de estar disponible para todos y presente para nadie. La de las múltiples pantallas y conversaciones simultáneas, las versiones fragmentadas de uno mismo. Quizás lo más perturbador de esta época no sea estar solos, como alguien me dijo, sino no poder estarlo nunca.

Es que vivimos sumergidos en una soledad saturada de estímulos, de mensajes, de respuestas inmediatas. Una soledad que, vaya ironía, nunca está sola. Aunque tampoco acompañada. Todo circula, todo se manifiesta. Todo se comenta, y aun así algo esencial siempre queda afuera.

En este tiempo se puede preguntar cualquier cosa y obtener una respuesta inmediata. No importa la profundidad del planteo ni la fragilidad desde la que se formula, porque la respuesta llega igual: prolija y eficaz, casi como una epifanía. Aceptamos los términos y condiciones y, sin notarlo, renunciamos al derecho a la duda, a la espera, al pensamiento inconcluso. Ahora todo debe resolverse en un segundo. Vaya mochila que empezamos a cargar.

Y yo tengo preguntas de sobra. El problema es que también sobran las respuestas. Y uno observa que son respuestas diseñadas para no incomodar o, peor, para imponer una certeza. En una época que confunde rapidez con claridad, dudar parece un error, algo así como una falla del sistema.

Y eso que se supone que nunca fue tan fácil ordenar la vida. De hecho, hay fórmulas, consejos, guías para todo. Para ser feliz, para sanar, o incluso hasta para aprender a "soltar". El mensaje es tan simple como brutal: si algo no funciona, es porque casi con seguridad no lo hiciste bien. Porque no seguiste los pasos que debías seguir. Es decir, no optimizaste lo suficiente tu existencia.

Aunque el sistema no solo produce herramientas; también crea personas entrenadas para opinar. Esas que están siempre dispuestas a corregirlo todo, aconsejar, a señalar. El silencio prácticamente se volvió sospechoso. Y mientras todos responden, también comentan. Opinan sin analizar contextos, sin escuchar y ni hablemos de actuar con responsabilidad. Lo grave no es la opinión en sí, eso siempre está o estuvo ahí, sino la facilidad con la que muchas veces todo se transforma en crueldad. No buscan entender, buscan marcar. No dialogan, sentencian. Y lo hacen desde la distancia segura de una pantalla, donde el daño no tiene, presuntamente, consecuencias visibles.

Por eso escribo, entonces. No para ofrecer respuestas ni para sumarme al coro de los que para todo tienen una respuesta. Escribo para sostener la pregunta. Para habitar en la incomodidad pero sin maquillarla. Mientras todos responden, yo escribo. Porque escribir, en estos tiempos, es una forma mínima —aunque ciertamente obstinada— de no fingir que lo entiendo todo.

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