En la mitad exacta de la calle se detiene. Luego mira hacia atrás. El gesto dura poco, pero deja algo en el aire. Como si hubiera olvidado algo presuntamente menor. O como si comprobara que eso ya no está. Después sigue.
Llega a la otra vereda justo cuando cruza una pareja joven. Ella lleva un bebé en brazos. El hombre sonríe. No es una sonrisa grande. Es un gesto más bien íntimo, casi involuntario, como quien reconoce algo sin necesidad de entenderlo.
El semáforo cambia y arranco el auto. Avanzo despacio, como si algo todavía me retuviera. Lo sigo con la mirada a través del espejo retrovisor mientras se aleja lentamente. El tránsito me empuja, debo seguir. Al llegar a la otra esquina ya no lo distingo entre la gente y la calle que se llena de autos y bocinas, lo de siempre.
Más adelante el semáforo vuelve a ponerse en rojo y entonces pienso, por un segundo, que ese hombre podría ser yo. Que la curvatura de su espalda y sus arrugas podrían ser las mías. Que su barba desaliñada es, efectivamente, la mía. Que sus manos temblorosas también son las mías. Aunque no quede nada por lo que temer. Tememos.
La vida es fina, como una bolsa de supermercado que aparenta ser firme y se rompe al llegar a la vereda. Debo ser cauto: un hombre cruza la calle.

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