Para una parte importante de la sociedad seguramente que una persona de 50 años ya aprendió lo suficiente para comportarse de manera adecuada y acorde a las normas de convivencia existentes.
Dicho de otra manera: se supone que a esa edad sabés cuándo ubicarte en la palmera. O lo digo de otro modo: a los 50 se supone que ya aprendimos cuándo hay que hablar o cuándo debemos cerrar la boca.
En resumen, a esta edad ya estamos en condiciones de escuchar que otros nos digan: "Es que vos tenés experiencia". Ahhh.
Pero, sin embargo, ocurre también que, por ejemplo, a esa edad no se espera que un tipo haga chistes todo el tiempo. Mucho menos en reuniones formales o laborales. Y ya voy advirtiendo que el humor, a partir de cierta década, empieza a ser visto como una excentricidad: algo tolerable pero en dosis pequeñas, preferentemente en cumpleaños, sobremesas largas o encuentros entre pares que se ríen de lo mismo desde que se conocen.
No obstante, hay personas que no se enteraron. O se enteraron, pero no pudieron —o no quisieron— adaptarse. Y lo bien que hicieron.
Son esos tipos o tipas que siguen haciendo comentarios irónicos, que relativizan la tragedia cotidiana con una broma –para algunos- fuera de lugar, que apelan al humor como si fuera un reflejo involuntario. No porque no entiendan la gravedad de las cosas, sino justamente porque la entienden demasiado. Y entonces se ríen. A veces antes de tiempo o cuando no toca. A veces cuando nadie más se ríe.
Ahí aparece la mirada ajena, esa forma educada de decir “ya estás grande para eso”. Una frase que no siempre se pronuncia, pero que flota en el aire como cartel invisible e irritante. A los cincuenta, parece, uno debería hablar más despacio, reírse menos fuerte, elegir mejor las palabras, y sobre todo, tomarse la vida con la solemnidad que, para algunos, exige el calendario.
El problema es que nadie avisó qué día exactamente había que cambiar el chip. No te dieron un manual para leer, ni mandaron notificación, ni hicieron conferencia de prensa, ni sacaron circular, ni nos pusieron una alarma en el celular que sonara al cumplir medio siglo para decirnos: “Amigo, a partir de ahora menos humor, más gesto serio. Estás avisado”. Y entonces, pasa lo inevitable: algunos siguen siendo como siempre fueron. Y van, a lo mejor, a contramano de su generación. O tal vez son demasiado fieles a ella, porque aprendieron a reírse cuando todo se caía a pedazos.
En una época donde la madurez parece confundirse con la idea del ceño fruncido o con el gesto adusto todo el tiempo, el adulto que se ríe corre el riesgo de ser malinterpretado. Como si el humor fuera sinónimo de liviandad, o peor, de inmadurez. Como si tomarse algo con humor implicara no tomárselo en serio. Cuando en realidad, muchas veces, es exactamente lo contrario.
Es que el verdadero problema no es el hombre o la mujer de cincuenta que hace chistes, sino la incomodidad que genera alguien que no encaja del todo en el rol que se espera de él. Pero déjenme decirles algo importante: reírse —a cualquier edad— sigue siendo, quizás, una de las formas más honestas de estar en el mundo.
Aunque no esté bien visto. Aunque no sea lo que “corresponde” para ciertos ámbitos. Aunque alguien piense, en silencio, que ya estamos grandes para eso.
Y si estamos grandes para eso, pues también lo estamos para fingir algo que en realidad no somos.
Y la vida también se trata de elegir de qué lado estar incluso en las minucias de la cotidianeidad.
Así que espero que me entienda.
De lo contrario, ya sabe dónde puede irse usted también.
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