Usted los vio. Yo los veo siempre. No me diga que no. Si están en todos lados. En la oficina, en el colectivo, en la vereda del centro, en la de la periferia. En el supermercado, en la comisaría, en el comercio. En todos lados vemos gente inclinada sobre un rectángulo luminoso como si ahí adentro se jugara algo decisivo. Y tal vez sí. Tal vez sea la ilusión de que algo está pasando.El espectáculo, aunque de novedoso ya nada tiene, no deja de ser curioso. Un empleado abre un archivo, escribe dos líneas, se detiene. Mira el celular. Nada urgente, claro. Pero ahí está. Lo llama. Lo seduce. Lo obliga. Como esos temas sensibles que uno sabe que no debería tocar en una charla, pero igual los toca.
Y entonces empieza el juego: un mensaje por ahí, una foto por allá, un comentario nuevo. Después otro. Y otro más. El dedo se desliza con la precisión de un autómata. Si uno lo observa bien, ya no parece una persona trabajando. Parece alguien esperando no se sabe bien qué.
Lo trágico —si se me permite la palabra— es que nadie parece satisfecho. En este mundo nadie parece satisfecho. Ni el que trabaja ni el que scrollea. Porque cuando levanta la cabeza, el mundo sigue siendo el mismo. Y cuando vuelve a la pantalla, tampoco encuentra gran cosa. Apenas un simulacro de algo nuevo. O de algo que capaz esté por venir.
Antes, pienso, el aburrimiento tenía cierta dignidad. Era pesado, sí, pero obligaba a hacer algo con él. Ahora no. Ahora se lo anestesia. Se lo disimula. Se lo empuja debajo de una catarata de estímulos que duran lo que dura un suspiro.
¿Y el trabajo? Ah, el trabajo queda ahí, como un invitado incómodo. Se lo atiende de a ratos, con culpa, con desgano. Porque compite contra algo mucho más astuto: un sistema diseñado para no soltarlo nunca. Y la pelea la tiene más ganada de lo que pensamos. Y eso el jefe también lo sabe. Por eso te mira de reojo y nada más, porque generalmente también él está haciendo lo mismo que vos cuando mira lo que vos estás haciendo.
Aunque a veces pienso que lo más inquietante no es el uso del aparato. Es la dependencia silenciosa e irritante para quien se detiene a pensar en eso que ocurre. Ese acto reflejo de buscarlo aunque no haya motivos. Esa necesidad de confirmar, cada pocos minutos, que uno sigue existiendo para alguien.
Pero hay algo peor. Porque en ese ir y venir constante, en esa gimnasia de distracciones, también se va perdiendo otra cosa: la capacidad de estar. De sostener una idea, una tarea, una conversación sin la tentación de escapar. Como si la mente, acostumbrada al vértigo que encontramos entre pantallas, ya no tolerara la quietud, la pasividad.
Y entonces aparece una fatiga un poco rara. Pero no cansancio físico. Es otra cosa. Una especie de hastío o de cosa difícil de nombrar. Se llega al final del día con la sensación de haber hecho mucho, y al mismo tiempo, nada.
Y así, entre notificaciones y distracciones, se va armando una sociedad también extraña, que transita el camino a su precipicio. Gente conectada todo el tiempo y, sin embargo, profundamente insatisfecha.
Porque tal vez el problema no sea lo que encuentran en la pantalla. Tal vez el problema sea lo que no encuentran cuando la apagan.
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