Ochenta y pico

Hay algo más inquietante que el error: la liviandad con la que se lo pronuncia.

“Ochenta y pico”, dijo ayer el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, al referirse a la Guerra de Malvinas. Ochenta y pico. Como si ese pedazo de nuestra historia pudiera resumirse en una aproximación vaga, como si el año —1982— no fuera una herida todavía abierta en la memoria colectiva de nuestro país.

No fue un desliz aislado. Días antes, la diputada libertaria Juliana Santillán aseguró haberse reunido con el embajador de Checoslovaquia, un país que dejó de existir hace más de tres décadas. No es un detalle menor: es una muestra de la ignorancia y el desparpajo con el que se mueven muchas figuras —propias o cercanas— del oficialismo.

Aunque lo de la ignorancia, para algunos, podría discutirse: para ciertas maniobras, el conocimiento aparece con notable precisión. Pero también es una verdad evidente que a quien no le interesa el otro, ni la historia, ni la educación, ni la cultura, suele interesarle sí —y mucho— el dinero.

En esa línea se inscribe el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, quien esta semana intentó explicar la compra en dólares de una vivienda argumentando que el dinero provenía de préstamos de dos jubiladas. La escena resulta, cuanto menos, inverosímil: en medio de cuestionamientos por gastos, viajes y propiedades, la explicación se parece más a un recurso improvisado que a una rendición de cuentas. Es claro. Y no casualmente, la comparación con los bolsos de López reapareció en el comentario público. Como si para medir lo inadmisible siempre hubiera que mirar hacia atrás.

No se trata solamente de errores. Se trata de algo más profundo: una forma de ejercer el poder sin anclaje, sin precisión, sin responsabilidad simbólica. Gobernar también implica saber dónde se está parado, qué se dice y por qué. Y, aunque no es un fenómeno nuevo, lo cierto es que desde hace años la calidad de la dirigencia —en todos sus niveles— muestra signos de deterioro, por no calificar las cosas de otra manera.

Lo concreto es que estos episodios vuelven a poner en evidencia una distancia preocupante entre quienes ocupan cargos públicos y los conocimientos mínimos que esos cargos requieren. No se exige erudición, sino conciencia. No se pide perfección, sino respeto por los hechos. Sobre todo cuando esos hechos forman parte de las heridas más recientes de nuestra historia.

Pero el contraste se vuelve más agudo cuando esas mismas voces se erigen en jueces del Estado. Desde allí cuestionan políticas públicas, señalan el gasto y reclaman ajustes permanentes. Universidades, educación pública, salud: áreas sensibles que quedan atrapadas en una lógica de recorte constante, muchas veces sin siquiera garantizar su funcionamiento básico.

Entonces la pregunta deja de ser retórica: ¿desde qué lugar se impulsa ese ajuste? ¿Con qué autoridad estas personalidades que nos gobiernan deciden el destino de instituciones fundamentales cuando ni siquiera se logra sostener un mínimo rigor en lo elemental?

Porque gobernar no es solo ordenar cuentas. Es comprender la sociedad a la que esas cuentas afectan. Es proyectar, articular, asumir que detrás de cada número hay vidas concretas. Cuando esa dimensión se pierde, lo que queda no es austeridad: es vacío.

Y en ese vacío, “ochenta y pico” deja de ser un simple error. Pasa a ser una señal. Una forma de nombrar —o de no querer nombrar— la realidad. Una manera de diluir el pasado, de simplificar el presente y de administrar el futuro sin demasiadas precisiones.

Ahí, justamente ahí, es donde el problema deja de ser una frase desafortunada y se vuelve algo más serio: la fragilidad con la que se ejerce el poder. Porque cuando todo se vuelve impreciso, también lo es el rumbo. Y un país no se conduce desde la vaguedad.

Aunque a algunos esto les parezca un detalle menor.

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