Perdón por la tristeza

En los últimos días, dos jóvenes —apenas mayores de 30 años— decidieron partir. Decidieron irse. O dejarnos, si es que estás leyendo esto y te sentís parte de alguna de sus vidas.

Dos historias distintas, aunque unidas por algo que no siempre se ve, como lo son la angustia y el dolor. Ese dolor interno que no se deja explicar, que no cabe en palabras si no se lo ha sufrido aunque sea un poco. Si no se ha intentado, alguna vez, ponerse en el lugar del otro.

Y eso es lo que nos falta: ponernos en el lugar del otro. Dejar a un lado el egoísmo y la rigidez que no dan lugar a la posibilidad de ver las cosas más humanamente. Pensar de qué manera podemos ayudar desde lo individual, que es la única forma de, algún día, transformar positivamente lo que nos interesa modificar.

Uno de ellos tenía formación, tenía un trabajo y muchos afectos. En apariencia, no parecía atravesar grandes sobresaltos.

El otro, tenía una vida marcada por las carencias desde muy temprano.

Dos recorridos distintos que desembocaron en una misma decisión. Y eso también dice algo: el dolor no distingue capas sociales. Puede haber más o menos herramientas, más o menos redes de apoyo, pero cuando se instala, el sufrimiento trabaja desde lo más profundo. Retuerce, desgasta, nubla. Herrumbra el alma. Y así todo se vuelve más difícil cuando no hay una red de contención sólida, cuando lo social no alcanza, cuando el trabajo o los recursos son insuficientes.

Lamentar la muerte de dos jóvenes debería obligarnos a reflexionar (qué palabra bastardeada) en serio: ¿qué estamos haciendo? ¿Qué nos pasa como sociedad que los jóvenes se nos van así, como agua entre los dedos?

A veces alcanza con mirar hacia adentro para entender algo. Pero otras veces no. Otras veces hay que levantar la mirada y observar el entorno. Preguntarnos qué nos rodea, qué influye, qué empuja a ver todo más oscuro de lo que es.

Nuestras ciudades. Nuestra provincia. ¿En qué estamos fallando?

Y la política: ¿qué está haciendo para contener, para no llegar siempre tarde? ¿En qué piensan quienes gobiernan? ¿Les duele lo que pasa? Y si les duele, ¿por qué no se diseñan planes, programas, espacios? ¿Por qué no se invierte en adecuadamente en profesionales, en infraestructura, en lugares donde encontrarnos, donde construir comunidad, donde la vida pese un poco menos?

Sería innecesario e injusto señalar a alguien en particular. Hay municipios que están haciendo esfuerzos por crear o sostener áreas vinculadas a la salud mental. Pero también sabemos que los recursos son escasos, a veces mínimos, para sostener esos espacios. Y ahí es donde la política parece fallar largamente. Siempre será mejor el que algo hace, aunque sea poco, que quien nada hace y se llena la boca. Pero aun así, no alcanza. Porque las vidas se nos fueron.

Vivimos, además, en ciudades que ya de por sí son hostiles: lejanas, duras, con limitaciones que a veces se vuelven laberintos sombríos.

Entonces la pregunta vuelve: ¿estamos haciendo las cosas bien?

La respuesta tiene que doler también, es evidente que no.

Porque si lo estuviéramos, no estaríamos lamentando la partida de tantos jóvenes que sienten que no hay algo mejor, o tal vez más tranquilizador, que irse. Que, en un momento cualquiera —mientras sopla el viento, cae la lluvia o lo que haya afuera—, se desata internamente una tormenta que hace incontrolable mantener la propia existencia.

No hemos sido justos con ellos. Tal vez tampoco lo estamos siendo con nosotros mismos.
Son tiempos crueles, o en los que la crueldad crece socarronamente. Pero amiguémonos un poco con el prójimo, porque no hay lugar en el mundo donde la crueldad haya traído algo bueno. Si no podemos amigarnos, siempre será tarde.

Y sepan comprender, como decía Sabina: perdón por la tristeza.

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