Saxofonista, clarinetista, compositor, cantante y actor, Daniel Melingo fue un artista cuya obra desafía cualquier intento de clasificación. Transitó con mucha naturalidad algunos de los momentos más creativos de la música popular argentina, dejando una marca indeleble tanto en el rock como en el tango. Este martes falleció a los 68 años, dejando una trayectoria singular, tan inquieta como coherente con su propia búsqueda artística.
Su nombre
quedó ligado para siempre a la renovación del rock argentino de los años
ochenta. Fue uno de los fundadores de Los Twist, aquella banda irreverente que
aportó humor, desenfado y una mirada distinta en los primeros años de la
recuperación democrática. Aunque también integró Los Abuelos de la Nada, una de
las formaciones fundamentales de esa década, donde su saxo encontró un espacio
privilegiado entre las composiciones de un grupo que marcaría a varias
generaciones.
Es imposible
recordar aquella etapa sin detenerse en canciones como "Chalaman",
pero sobre todo en "Tristeza de la ciudad", esa composición de
Gringui Herrera adquiere una dimensión especial cuando, promediando la canción,
el saxo de Melingo rompe el clima melancólico con una intensidad inconfundible.
No era simplemente un solo instrumental: era una forma de narrar desde el
sonido, de darle voz a la nostalgia urbana que proponía la canción. Ese momento
sigue siendo uno de los pasajes más memorables del rock argentino de los años
ochenta. Y Melingo, en esa etapa de Los Abuelos de la Nada, lograba cautivar
con el sonido de su saxo.
Sin embargo, nunca
pareció conformarse con permanecer en un lugar conocido. Cuando muchos lo
identificaban con el rock, decidió emprender un camino mucho más personal. A
partir de la década de 1990 encontró en el tango un territorio donde desplegar
toda su creatividad. No buscó reproducir las formas tradicionales, sino
dialogar con ellas desde una estética propia, mezclando el tango con el arrabal
contemporáneo, la literatura, el teatro y una interpretación vocal
profundamente expresiva.
Su carrera
solista terminó convirtiéndose en el espacio donde desarrolló con mayor
plenitud esa identidad artística. Discos como Tangos Bajos, Santa Milonga,
Maldito Tango o Linyera recibieron reconocimiento dentro y fuera de la
Argentina, consolidándolo como una de las figuras más originales del tango
contemporáneo. Su voz áspera, casi teatral, y su manera de construir personajes
hicieron que cada interpretación pareciera contar una historia diferente.
Es que Melingo
nunca fue un artista de moldes previsibles. Prefería los márgenes antes que el
centro de la escena, los personajes olvidados antes que los héroes, las noches
de barrio antes que los grandes escenarios. Su obra siempre estuvo atravesada
por esa fascinación por los perdedores, los bohemios y los rincones menos
iluminados de la ciudad.
Pocos músicos
argentinos pudieron recorrer con tanta autenticidad dos universos aparentemente
distantes como el rock y el tango. En ambos. Melingo dejó una huella
inconfundible: en uno, la potencia de un saxofón capaz de convertir una canción
en un clásico; en el otro, la voz de un artista que reinventó el tango sin
perder de vista su esencia.
Quizás esa
sea la mejor forma de recordar a Daniel Melingo: como un creador que nunca
aceptó las etiquetas y que hizo de la libertad artística su verdadera
identidad. De hecho, cada vez que podía repetía eso en las entrevistas que
daba. Su música seguirá sonando allí donde el rock y el tango se encuentren
para contar, una vez más, las historias de la ciudad.

0 Comentarios