El gobierno de Javier Milei atraviesa, probablemente, su momento político más incómodo desde que asumió. No se trata sólo de tensiones propias de un programa de ajuste profundo y brutal, sino de algo más persistente que además empieza a verse reflejado con nitidez en la opinión pública y que encuentra cada vez menos zonas de contención.
Los números conocidos esta semana acompañan esa sensación. Las últimas encuestas nacionales ubican la aprobación de la gestión en torno al 37% (Vozna) y desaprobación por encima del 65% (Zubán-Córdoba). Más que una foto, es un cambio de clima: de la expectativa inicial, que se mantuvo bastante firme durante más de dos años, a una creciente desconfianza e intriga sobre cómo seguirá todo esto, que no parece un metal al que se le podrá sacar más brillo que herrumbre al final de cuentas.
La economía, que supo ser el argumento central del oficialismo, ya no alcanza para ordenar el relato. El estancamiento se siente con crudeza en cualquier rincón del país, la recesión y una inflación que sigue castigando los ingresos convierten la promesa de “un esfuerzo necesario” en una experiencia cada vez más difícil de justificar diariamente. Los comedores y merenderos se atosigan de personas que, aunque tengan trabajo, no pueden comer todos los días porque con sus pauperizados salarios muchos no llegan ni a mitad de mes.
En ese contexto, respaldado incondicionalmente por Karina Milei, el ex vocero presidencial Manuel Adorni quedó atrapado en una paradoja incómoda: cuanto más intenta explicar, más expuesto queda. Y en su fenomenal esfuerzo por despegarse de las acusaciones sobre la compra de su vivienda, termina reforzando la sospecha que busca disipar, involucrando gente “random” a su paso. Como si la transparencia, en lugar de iluminar, empezara a encandilar. Y ya no hablemos de su cinismo.
Cuando termine yéndose, este lapso de la gestión libertaria probablemente sea recordado por el de las “desventuras” del “desangelado” Adorni.
Pero el problema no es sólo personal. El caso funciona como síntoma. Porque cuando un Gobierno que hizo de la lucha contra “la casta” su principal bandera empieza a dar explicaciones sobre situaciones pasadas de olor a privilegio, el costo termina midiéndose en credibilidad. Y esa pérdida de autoridad moral tiene efectos concretos en la sociedad, que hay que ver si los sectores de la oposición en algún momento terminarán de capitalizarlos en las urnas. Eso hoy parece bastante difícil.
En otras palabras, mientras se pide austeridad a universidades, provincias y sectores sociales, mientras se siguen imponiendo recortes a sectores como el de la discapacidad, episodios como este vuelven más difícil sostener el discurso del sacrificio compartido. “A otro perro con ese hueso”, dice la frase.
No es casual entonces que el frente universitario haya escalado con fuerza. Las clases públicas en Plaza de Mayo no son sólo una postal de protesta, como la de los jubilados, son también la continuidad de un mensaje que se sostiene en el tiempo. Es que cuando el ajuste se combina con señales contradictorias y episodios de corrupción desde el poder, la legitimidad del recorte se erosiona más rápido.
A eso se suma la aprobación de la reforma a la Ley de Glaciares en medio de protestas, otro capítulo que tensiona con distintos sectores y amplía el frente de conflicto. La escena se repite: decisiones de alto impacto, respuestas sociales inmediatas y una gestión que parece avanzar sin amortiguadores.
Mientras tanto, en las provincias y municipios el panorama se vuelve cada vez más áspero. Con menos recursos y mayores responsabilidades, los gobiernos empiezan a sentir con pavura el peso de un esquema que poco les deja a ellos. Muchos gobernadores le han votado casi todo a Milei, pero el presidente casi nada les ha dado a las provincias. En realidad, ha jugado con ellos.
En este contexto, Milei insiste en que “los últimos meses fueron duros”, pero que el rumbo es el correcto. La frase, repetida como un mantra, intenta sostener una expectativa que empieza a resquebrajarse.
Así, el Gobierno queda frente a una pregunta que ya no es sólo de la oposición ni de los analistas, sino también de la calle: ¿alcanza con insistir en el rumbo, con recortes interminables, cuando los resultados no llegan y las explicaciones empiezan a sonar a excusas en medio, para rematar, de serios episodios de corrupción?
En definitiva, ni al Gobierno le alcanza con insistir, ni a la gente con aguantar. Por lo tanto, el rumbo necesariamente tiene que empezar a cambiar.
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