El odio garpa más que nunca


Termina el partido y hago lo mismo que hacemos millones de personas. Antes de apagar la televisión, o mientras caliento el agua para el mate, agarro con ansiedad el teléfono para buscar un resumen, alguna repetición desde otro ángulo, una declaración que valga la pena, el análisis de alguien que vio un detalle que a mí se me escapó. Es un ritual que se corresponde con los tiempos que nos tocan, pero ritual al fin. Aunque claro, el problema es que hace tiempo dejó de ser un viaje corto.

Uno busca algo sobre la selección argentina y enseguida aparecen los sospechosos de siempre. "Messi volvió a comprar un árbitro". "La FIFA ya eligió al campeón". "Otro robo histórico". "El mayor fraude del fútbol". Hay títulos tan desmesurados que parecen escritos por alguien que está dispuesto a inmolarse por lo que sostiene. Y al principio uno medio que sonríe. Después se sorprende. Y más tarde entiende que eso no estaba ahí por casualidad, y aunque ya creo que a esta altura eso todos lo sabemos, para qué negarlo, hasta un poco de miedo siente después de tanto consumir ese tipo de contenido.

No recuerdo que siempre haya sido así. O tal vez sí lo era, pero las redes todavía no estaban para servirlo en bandeja. En mi caso empecé a notarlo durante Qatar. Después de la derrota con Arabia Saudita vino aquel partido con México y, desde entonces, buscar cualquier contenido relacionado con la Selección dejó de ser simplemente buscar fútbol. Era como atravesar un pasillo donde, antes de llegar al resumen del partido, había que pasar obligatoriamente por una feria del resentimiento. Porque te “enganchaban” con esas afirmaciones tan desopilantes.

Al principio pensé que era el clima mundialista. En los mundiales se exagera todo, se sobredimensiona casi porque es la naturaleza misma del acontecimiento al que estamos asistiendo. Las alegrías, las tristezas, las cargadas, los patriotismos repentinos. Pero el campeonato terminó, resultamos campeones, y la marea no bajó. Al contrario. Siguió creciendo. La vieja discusión entre Messi y Cristiano Ronaldo encontró combustible nuevo, la rivalidad con México se transformó en un extraño estado permanente y empezaron a multiplicarse los creadores de contenido capaces de convertir cualquier triunfo argentino en la prueba definitiva de una conspiración internacional.

Lo curioso es que casi nunca en esos contenidos se habla de fútbol. El fútbol apenas aparece como escenografía. Da igual si Argentina juega bien, mal o regular. Para esta gente generalmente el árbitro se equivoca pero lo más importante es otra cosa: fabricar una historia que obligue a alguien a indignarse. Porque la indignación tiene una virtud extraordinaria: nunca pasa de largo.

Hace unos años, un video buscaba gustarte. Hoy parece buscar exactamente lo contrario. Quiere que te enojes. Que escribas un comentario. Que respondas. Que compartas el enlace diciendo "mirá las pelotudeces que dice este tipo". Uno cree que está desenmascarando a un farsante cuando, en realidad, acaba de regalarle unas cuantas reproducciones más. Es, ciertamente, una ironía bastante cruel de esta época. 

Y entonces uno empieza a mirar distinto el asunto. Ya no ve solamente videos. Empieza a ver un oficio. Hay gente que descubrió que provocar bronca deja mejores dividendos que explicar un partido. Que una mentira dicha con convicción produce más visitas que un análisis serio. Que el escándalo es mucho más rentable que el matiz. No hace falta creer en lo que se dice; alcanza con saber que alguien del otro lado va a morder el anzuelo.

No creo que esto le pase solamente a la Selección Argentina. Ni siquiera creo que sea un problema del fútbol. Aplica a todo, claro. El fútbol, en todo caso, es un laboratorio extraordinario porque trabaja con identidades muy profundas. Ahí donde aparece una camiseta aparece también la necesidad de defenderla, de atacar la ajena, de pertenecer a un bando. Las redes entendieron eso antes que nosotros. Descubrieron que ya no hacía falta vender información. Bastaba con vender enfrentamientos.

Y uno termina preguntándose cuántos de esos creadores realmente sienten el odio que exhiben frente a una cámara o que demuestran haciendo videos plagados de falacias, de opiniones infundadas con histeria. Tal vez algunos sí. Pero sospecho que muchos simplemente encontraron un negocio por unos cuantos años. Porque existe una diferencia enorme entre odiar a alguien y descubrir que el odio paga las cuentas. Eso puede verse como un trabajo.

Y el trabajo, como cualquier otro, también se deja en la puerta de casa. Total, mañana hay otro partido.

Quizá esa sea una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. Nunca fue tan sencillo acceder a un partido completo, a las estadísticas, a las cámaras, a los datos, a los archivos. Nunca hubo tantas herramientas para entender mejor el fútbol. Sin embargo, pareciera que entender dejó de ser importante. Lo verdaderamente rentable es enfurecer, maltratar, ponerte de mal humor.

Y mientras nosotros seguimos creyendo que estamos discutiendo si hubo o no hubo penal, alguien, del otro lado de la pantalla, mira cómo suben las reproducciones. Ya no le importa Argentina, ni Messi. Ni el Mundial. Lo único que sabe con certeza es que el odio garpa, y que para eso trabaja cada día de su miserable existencia. Porque eso es lo que son.

"Imagina un mundo sin fronteras, es fácil si lo intentás", cantaba Lennon en Imagine. Yo también me la creí, alguna vez. Pero alguien descubrió que un mundo sin fronteras vende mucho menos que uno lleno de ellas. Y cuando llegan estas contiendas internacionales, ahí estamos: dándonos con lo que tenemos. 

Porque las fronteras ya no sólo separan países. Ahora también separan audiencias.


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