Al final del arco iris no hay nada

El tipo se miró en el espejo de reojo, como si no quisiera hacerse cargo del todo de la imagen que le devolvía. “Alguna vez tuve mejor cara”, dijo casi balbuceante. No con nostalgia, sino con una certeza incómoda. Prefirió atribuirlo a la saturación de los tiempos: demasiadas discusiones alrededor, opiniones desmesuradas, demasiada política filtrándose en todo, incluso donde no hacía falta.
Salió a la calle con ese pensamiento todavía caliente y, casi de inmediato, un perro le mostró los dientes. El ladrido fue seco, intimidante. Se tensó. Pensó que hasta los animales parecían mal predispuestos. Que el malestar, a esta altura, debía ser contagioso.

Unos metros más adelante aguardaba una lluvia, que aunque breve, encendió un amplio y hermoso arco iris. Se detuvo. No pensó demasiado, y sencillamente decidió seguirlo. La idea de ir detrás de la belleza ese día le resultó al menos estimulante.

Mientras caminaba, fue comprendiendo que no iría a trabajar. Más tarde llamaría. Diría que algo feo le había pasado. Alguna cosa iba a inventar. “Si todos lo hacen, por qué yo no”, esbozó por lo bajo.

En el camino se cruzó con un viejo amigo. Se saludaron y hablaron de lo de siempre: viejos enfermos, de algún otro que ya no estaba. También hablaron —inevitablemente— de trabajo, política, de lo difícil que se había vuelto no pelearse. Se despidieron abruptamente, como quien no quiere arruinar ciertos recuerdos intocables.

Siguió caminando por calles rotas, esquivando piedras y charquitos que ya nadie parecía registrar. Pensó que la falta de asfalto no solo complica el tránsito, también arruina el ánimo. Que empezar el día sacudiéndose dentro de un colectivo o caminando con cuidado no puede ser gratis. Que así se construyen humores agrios y tolerancias breves.

Cuando llegó al lugar donde el arco iris debía estar, no encontró nada. El cielo se lo había masticado y ni señales de algo lindo habían quedado. “Al final del arco iris no hay nada”, lamentó. Ni respuestas, ni consuelo. Quizás solo el camino. El desvío. El tiempo perdido para no estar donde se supone hay que estar.

Más tarde encendió el celular. Los mensajes estaban ahí. Las discusiones también. La ciudad seguía atendiendo a sus clientes con una aspereza interminable. Él, más o menos igual. Pero, por un instante, había creído que ir detrás de la belleza, por más efímera que resultase, había valido la pena. Y aunque no llegó a nada aparentemente importante, al menos le había permitido caminar. Y todos lo sabemos: en estos tiempos, a la altura de ciertos acontecimientos, eso no es poca cosa.

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