Breve historia mundialista: “Otras prioridades”


El amor —o la pasión— que muchas personas sentimos por el fútbol atraviesa distintas etapas. Hay momentos en los que parece ocuparlo todo y otros en los que, sencillamente, pasa a un segundo plano. Una obviedad, quizás. Pero me refiero a algo más concreto: cuando somos chicos, una pelota puede ser el centro del universo. Después llegan el trabajo, la pareja, los hijos. Y el mapa cambia por completo.

No hablo de quienes se alejaron del fútbol por razones ideológicas, aunque también me pasó algo de eso. Como tantos amigos que crecieron amándolo y que, al descubrir las dimensiones del negocio, fueron perdiendo parte del encanto que alguna vez sintieron.

Pero esa es otra historia.

Hay una frase que suele atribuirse a Ernest Hemingway que dice que cuando uno tiene un hijo, el mundo tiene un rehén. Algo exagerada, quizá, pero bastante gráfica. En mi caso, me tocó convertirme en padre justo para el Mundial de Alemania 2006.

Mi hija tenía apenas unos meses. Fue el primer Mundial que viví con una familia propia. Ya no se trataba de acomodar horarios para ver todos los partidos posibles, ni de estudiar los planteles de selecciones lejanas. Ahora los encuentros aparecían entre mamaderas, pañales, siestas interrumpidas y noches cortas.

Veía a Argentina mientras sostenía una mamadera o caminaba por el comedor tratando de que Tizi volviera a dormirse. La prioridad era otra. Primero estaba mi hija; después, todo lo demás.

Bueno, casi todo.

Porque bastaba que Juan Román Riquelme recibiera la pelota para que la atención se desviara inevitablemente hacia la pantalla. Bastaba una combinación con Cambiasso, Crespo, Saviola o Aimar para recordar que todavía había cosas capaces de detener el mundo por unos segundos. Qué buen equipo era aquel de José Pekerman. Quizás uno de los mejores que tuvo Argentina en los últimos años. Un equipo que jugaba bien, que ilusionaba y que parecía destinado a llegar mucho más lejos.

Veníamos, además, de la enorme decepción de Corea y Japón 2002. Aquella selección que había arrasado en las eliminatorias y que parecía una máquina terminó regresando a casa mucho antes de lo que cualquiera hubiera imaginado. El Mundial de 2006 tenía algo de revancha. No sólo de la eliminación anterior, sino de varias frustraciones acumuladas. Parecía la oportunidad perfecta para volver a creer.

Por eso dolió tanto quedarse afuera. Y ni hablar de esa imagen de Messi en el banco mirando el horizonte.

En definitiva, uno va descubriendo que los Mundiales cambian a medida que cambia la vida. Cuando somos chicos, intentamos ver todos los partidos. Cuando somos padres, vemos los que podemos. Los de Argentina, desde luego. Alguno más si el horario acompaña. El resto sucede mientras uno prepara una mamadera, hace las compras o intenta recuperar algunas horas de sueño.

Entonces el Mundial se vuelve más pequeño. Ya no ocupa el centro de la escena. Las fases avanzan sin que uno se dé cuenta, aparecen selecciones que apenas se siguieron y, de pronto, ya se está jugando una semifinal.

Pero no son solamente las responsabilidades las que cambian nuestra forma de vivir estos torneos. También pasa el tiempo. Y el tiempo siempre se cobra algo.

De repente miramos hacia los costados y descubrimos que ya no están todos aquellos con quienes compartíamos algunos rituales. Falta algún amigo con el que discutíamos formaciones durante semanas. Falta un padre que nos enseñó a sufrir y festejar frente al televisor. Falta una madre que preparaba algo especial para algún que otro partido. Falta alguien.

Entre un Mundial y otro pasan apenas cuatro años. Pero cuatro años pueden ser una eternidad en la vida de una persona. Alcanzan para enamorarse, para formar una familia, para cambiar de trabajo, para mudarse de ciudad. Y también para eso que mejor ahuyentar.

De chico, cuatro años parecían una distancia imposible. Recuerdo haber hecho cuentas para imaginar cuántos años tendría en el Mundial de 2026. Me parecía una fecha perdida en un futuro remoto, casi de ciencia ficción. Hoy ese Mundial está comenzando dentro de unas horas.

Quizás por eso los Mundiales también sirven para medir el tiempo. No el de los calendarios ni el de los relojes, sino el de nuestras propias vidas. Cada Copa del Mundo marca una estación distinta del camino. Y entre una y otra, muchas veces, terminamos convirtiéndonos en alguien diferente.

Aunque no todos disfruten del fútbol. Aunque algunos renieguen de todo lo que lo rodea. Aunque muchos de aquellos con quienes vivimos los Mundiales anteriores ya no estén entre nosotros.

Cada cuatro años volvemos a reunirnos alrededor de una pantalla, de una radio o de una conversación cualquiera. Y por un instante regresan las voces, las costumbres y los recuerdos de quienes compartieron ese camino con nosotros.

Porque la pasión puede chocar con la vida. De hecho, tarde o temprano siempre lo hace.

Y quizás por eso mismo los Mundiales importan tanto. Porque durante unas pocas semanas nos permiten recuperar algo de todo aquello que el tiempo se llevó.


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