Vidal en su laberinto


En las últimas horas, distintos medios nacionales reprodujeron las declaraciones del gobernador Claudio Vidal denunciando un supuesto intento de desestabilización impulsado por sectores de la oposición. Es una acusación de enorme gravedad política, porque remite a la idea de actores que buscan impedir el normal funcionamiento de un gobierno elegido democráticamente.

Sin embargo, incluso aceptando que existan sectores interesados en debilitar políticamente a la actual gestión, hay un dato que resulta imposible de ignorar: durante una parte importante de su mandato, Vidal gobernó sin enfrentar una oposición demasiado articulada ni un escenario de cuestionamientos permanentes que pusiera en riesgo la gobernabilidad.

Por el contrario, asumió con niveles significativos de expectativa social, con una ciudadanía cansada de “lo anterior” y dispuesta a otorgarle un margen de confianza considerable. También contó con una Legislatura que en numerosas oportunidades acompañó iniciativas impulsadas por el Poder Ejecutivo y con una oposición que atravesaba su propio proceso de reconfiguración después de la derrota electoral. De hecho, nadie podría dar por sentado que esa oposición haya logrado rearmarse en su plenitud. 

La pregunta entonces es inevitable: ¿qué se hizo con ese tiempo político?

Porque gobernar no consiste únicamente en administrar una coyuntura. También implica anticiparse a los problemas que se vislumbran en el horizonte. Y desde el mismo momento en que asumió, era evidente que Santa Cruz enfrentaría restricciones financieras severas. El ajuste impulsado desde Nación, la caída de recursos, la retracción de la obra pública y las dificultades estructurales de la economía provincial no aparecieron de un día para otro. Eran variables previsibles. ¿O acaso el gobernador pensó que Milei no hablaba en serio cuando amenazaba con recortes en el gasto público y en el envío de fondos a las provincias?

Justamente por eso resulta difícil comprender por qué, habiendo contado con una ventana de oportunidad política relativamente amplia, el gobierno no logró construir los resortes necesarios para enfrentar un escenario adverso.

No construyó acuerdos políticos duraderos. No consolidó una red de respaldos que le permitiera afrontar momentos de tensión. No generó una estrategia económica visible capaz de amortiguar la caída de recursos. Y tampoco consiguió instalar un horizonte de desarrollo que permitiera a la sociedad comprender hacia dónde se dirigía la provincia.

Hoy, frente a una situación financiera compleja, el discurso oficial parece depositar gran parte de las responsabilidades en factores externos: la herencia recibida, la caída de ingresos, las decisiones de Nación o los sectores que presuntamente intentan obstaculizar la gestión.

Pero toda administración, tarde o temprano, es juzgada por aquello que hizo con las herramientas que tuvo a disposición.

Y allí aparece la principal debilidad del argumento oficial. Porque más allá de las dificultades objetivas que enfrenta la provincia, cuesta identificar cuáles fueron las decisiones estratégicas tomadas durante estos años para prepararse frente a un escenario que ya se sabía difícil.

La política, después de todo, también consiste en construir capacidades antes de que las crisis lleguen. 

También cabe preguntarse si parte de las dificultades que atraviesa la gestión no encuentran explicación en dos factores que suelen ir de la mano: la escasa experiencia en el ejercicio de la administración pública y una limitada vocación para la construcción de consensos. 

No se trata de desmerecer una trayectoria sindical que, sin dudas, le permitió a Claudio Vidal construir poder y alcanzar la gobernación. Pero conducir una provincia supone desafíos distintos a los de cualquier organización sectorial. Gobernar exige administrar intereses múltiples, muchas veces contradictorios entre sí. Exige negociar, ceder, acordar y, sobre todo, comprender que el poder democrático nunca es absoluto.

Desde el inicio de su gestión, Vidal eligió construir identidad política a partir de la confrontación con quienes habían gobernado la provincia durante décadas. La estrategia podía resultar comprensible en términos electorales. Después de todo, buena parte de su triunfo se explicó por el agotamiento social frente a un ciclo político que muchos consideraban concluido.

El problema aparece cuando la confrontación deja de ser una herramienta de construcción y se convierte en una forma permanente de ejercer el poder. Y esto se lo vienen señalando sus propios adversarios desde hace al menos dos años. 

Porque la política democrática no consiste únicamente en derrotar rivales. También consiste en encontrar puntos de acuerdo con ellos cuando las circunstancias lo requieren. Más aún cuando esos adversarios, por más cuestionamientos que puedan recibir, representan a sectores de la sociedad que también fueron legitimados por el voto popular.

¿Acaso la política no consiste precisamente en eso? ¿En construir consensos incluso con quienes pensamos distinto? ¿En encontrar coincidencias mínimas para sostener la gobernabilidad cuando los recursos escasean y los problemas se multiplican?

Si durante años se decidió gobernar desde la lógica de la confrontación permanente, no debería sorprender que, llegado el momento de necesitar acuerdos amplios para enfrentar una crisis, esos acuerdos no aparezcan con la facilidad esperada.

Porque los consensos no se improvisan en la emergencia. Se construyen mucho antes. 

Ahora, mientras el gobernador asiste personalmente la Legislatura para defender un endeudamiento de 600 millones de dólares —una escena tan inusual como reveladora— la discusión trasciende el plano financiero.

Porque lo que está en juego no es solamente conseguir las manos en la Cámara de Diputados. Lo que está en discusión es si existe un proyecto político capaz de sostenerse por sí mismo o si el endeudamiento aparece como la última gran apuesta para evitar que el desgaste se transforme en una crisis determinante.

Aunque también es cierto que cuando un gobierno transmite –o deja entrever- que su futuro depende de una deuda, el problema deja de ser la deuda. El problema es todo lo que ocurrió antes de llegar a necesitarla.

Y cuando además escasean los recursos, los acuerdos y las certezas sobre el rumbo, el laberinto empieza a parecerse menos a una trampa construida por otros que a una obra levantada, ladrillo por ladrillo, por quienes hoy buscan desesperadamente una salida.


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