Taty Almeida: contagiando memoria hasta con una sonrisa


Con su pañuelo blanco anudado al cuello, con la voz firme y una sonrisa capaz de convivir con el dolor más profundo. Así fue durante décadas Taty Almeida, una de las referentes más queridas y respetadas de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, fallecida este domingo a los 95 años y tras permanecer internada las últimas tres semanas.

Además de todo, su muerte marca la despedida de una figura que fue creciendo con los años hasta convertirse en uno de los rostros más reconocibles de la lucha por Memoria, Verdad y Justicia en nuestro país.

Nacida como Lidia Stella Mercedes Miy Uranga el 28 de junio de 1930, fue docente, madre de tres hijos y durante buena parte de su vida estuvo lejos de cualquier militancia política. De hecho, provenía de una familia vinculada al ámbito militar: era hija y hermana de militares. Nada hacía prever que terminaría integrando uno de los movimientos de derechos humanos más importantes del mundo.

La historia cambió de manera brutal en 1975. Su hijo Alejandro Almeida, de apenas 20 años, estudiante de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y trabajador de la agencia estatal Télam, fue secuestrado por la organización parapolicial Triple A. Nunca volvió a aparecer.

La desaparición ocurrió incluso antes del golpe de Estado de 1976 y marcó para siempre la vida de Taty. Durante años buscó respuestas que jamás llegaron. Como tantas otras madres, nunca pudo recuperar los restos de su hijo ni conocer con certeza qué ocurrió con él.

Sin embargo, su incorporación a Madres de Plaza de Mayo no fue inmediata. Ella misma contó en numerosas oportunidades que dudó antes de acercarse. Temía que su historia familiar despertara sospechas.

"No me animaba a ir, con mi currículum podía haber sido considerada una espía", recordó en una entrevista años después.

Finalmente se sumó al movimiento en 1979. Desde entonces no se fue más.

Con el paso del tiempo, Taty se convirtió en una presencia permanente. Estuvo en las rondas de los jueves, acompañó los juicios a los responsables del terrorismo de Estado, recorrió escuelas, ciudades, universidades y organizaciones sociales, y mantuvo una intensa actividad pública incluso cuando ya había superado los noventa años.

A diferencia de otras Madres cuya notoriedad se consolidó tempranamente, la figura de Taty fue creciendo de manera gradual. Se construyó a partir de la constancia. Durante décadas sostuvo el mismo reclamo, repitió las mismas preguntas y defendió las mismas banderas, aun cuando los vientos políticos cambiaban de dirección.

Esa perseverancia terminó convirtiéndola en una referencia moral para varias generaciones. Muchos jóvenes que nacieron décadas después de la dictadura la reconocían simplemente como "Taty", un nombre propio que ya no necesitaba presentación.

En los últimos años volvió a ocupar un lugar central en el debate público. Fue una de las voces más críticas frente a los cuestionamientos a las políticas de derechos humanos impulsados desde distintos sectores políticos y participó activamente de las movilizaciones realizadas en el marco del cincuentenario del golpe de Estado de 1976.

Su fallecimiento ocurre cuando las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo atraviesan el inevitable desafío del paso del tiempo. La generación que transformó el dolor privado en una lucha colectiva comienza a despedirse. Sin embargo, el legado que construyeron permanece como una de las experiencias más singulares de la historia argentina más reciente.

No encontró a su hijo. Pero convirtió esa ausencia en una presencia permanente en la vida pública. Y en ese recorrido terminó transformándose en mucho más que una madre que buscaba respuestas. Se convirtió en una conciencia incómoda para el poder y en una de las voces más persistentes de la democracia recuperada.

Por eso su muerte no sólo conmueve a los organismos de derechos humanos. También marca la partida de una de esas figuras entrañables e inolvidables. Luchadora, perseverante y siempre buscando contagiar con su sonrisa, pero  sobre todo, con la memoria.


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