¡Esta sí que es Argentina!


Durante años, Viktor Orbán cultivó una imagen de hombre austero. El dirigente ultraderechista húngaro que se presentaba como defensor de la nación, enemigo de las élites globales y custodio de las tradiciones occidentales parecía habitar, al menos en el discurso, una especie de república de la sobriedad. Después vinieron las fotografías aéreas.

Las investigaciones periodísticas comenzaron a mostrar propiedades cada vez más difíciles de explicar. Residencias monumentales, complejos rurales que parecían pequeños principados, círculos empresariales florecientes y una geografía de privilegios que crecía alrededor del poder como la hiedra alrededor de un castillo.

La historia no es nueva. El poder suele desarrollar una particular alergia a la modestia. Lo novedoso es la creatividad que despliegan algunos dirigentes cuando llega el momento de explicar de dónde salió todo.

Orbán, según cuentan las crónicas europeas, al menos mantuvo cierta elegancia arquitectónica. Hubo campos, mansiones, propiedades familiares, empresarios amigos y una estética del poder que intentó confundirse con el paisaje.

En cambio, de este lado del charco, los pichones de ultraderecha parecen haber optado por caminos más “minimalistas”. Entonces, mientras en Hungría las sospechas obligan a examinar hectáreas enteras, aquí basta con revisar la capacidad de almacenamiento de un dispositivo USB.

La reciente explicación patrimonial de Manuel Adorni, incorporando un pendrive que contendría criptomonedas adquiridas años atrás, constituye probablemente una innovación política de alcance internacional. El viejo continente produjo oligarcas, magnates y constructores de palacios. La nueva escuela libertaria produce archivos portátiles.

Es una adaptación a los tiempos conforme la escala tercermundista.

En su brillantez, Adorni habrá pensado: “¿Por qué ocultar una fortuna detrás de muros de piedra cuando puede guardarse en el bolsillo del pantalón?”. 

La ultraderecha internacional suele admirar a Orbán como quien contempla a un veterano y sabio general. Lo observan buscando recetas, fórmulas y métodos. Quieren reproducir su éxito político. Lo que quizá no advierten es que también están copiando una tradición mucho más antigua: la irresistible atracción que ejerce el poder sobre los bienes materiales.

Los discursos cambian, los símbolos y también las banderas. Lo que rara vez cambia es la velocidad con la que algunos dirigentes descubren las ventajas económicas de administrar el Estado mientras denuncian los privilegios de los demás. Existe una ironía particularmente sabrosa en este fenómeno.

Es que los mismos espacios políticos que construyen su identidad alrededor de la denuncia de las castas terminan dedicando una enorme cantidad de energía a explicar patrimonios, propiedades, contratos, viajes, amigos favorecidos o repentinas prosperidades.

La casta siempre es el otro. Nunca sus funcionarios, sus aliados. Nunca sus empresarios cercanos.

En ese sentido, Orbán y sus admiradores argentinos parecen compartir una misma filosofía involuntaria: la transparencia no consiste en no generar sospechas, sino en desarrollar explicaciones cada vez más imaginativas para responderlas.

Europa exhibe monumentales castillos. Argentina ofrece dispositivos de almacenamiento. Es que cada país adapta sus instituciones a los recursos disponibles. Y es que no podemos decir que Hungría sea precisamente una potencia europea.

Pero quizá allí resida la verdadera modernización del Estado: ya no hacen falta bóvedas, ni cajas fuertes, ni habitaciones secretas. Ahora alcanza con un pequeño rectángulo de plástico capaz de contener toda una explicación patrimonial. 

Somos un país donde alguna vez algún ex -e importante- funcionario fue hallado tirando bolsos en un convento. ¿Cómo no pudimos imaginar que otro podría explicar su riqueza con lo que contiene un pendrive?

Parafraseando a Luca: ¡Esta sí que es Argentina!


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