Derrotas inapelables, liderazgos en tensión y una escena internacional convulsionada abren por estos días una pregunta que hasta hace un tiempo atrás parecía imposible de ser formulada: ¿la derecha radical está perdiendo impulso, va camino a estancarse, o está cambiando de forma?
Durante los últimos años, hablar del avance de la derecha radical parecía algo llamativo y novedoso de este lado del mapa. Sin embargo, desde Europa hasta América, distintos liderazgos emergieron con discursos bien duros, promesas de orden y una narrativa común: confrontar con el sistema democrático, cuestionar consensos, derechos adquiridos, y con esos elementos capitalizar el descontento social.
Pero en las últimas semanas —o meses, según dónde se mire— empezaron a aparecer señales que invitan, al menos, a dudar de esa inercia.
La derrota de Viktor Orbán en Hungría, tras más de una década y media en el poder, no es un dato menor. Orbán no era solo un dirigente nacional: era una referencia global, un modelo político para sectores conservadores que veían en su estilo una hoja de ruta posible. Su salida del centro de la escena deja un vacío en el campo simbólico imposible de ignorar.
Al mismo tiempo, figuras como Donald Trump atraviesan escenarios más complejos que en ciclos anteriores, con una baja notable en la consideración hasta de sus propios seguidores; mientras que en América Latina algunos liderazgos que generaron fuerte expectativa, incluso como el de Javier Milei, comienzan a mostrar claramente un desgaste o, al menos, a enfrentarse con los límites de la gestión.
Incluso procesos más recientes, como el inicio del gobierno de José Antonio Kast en Chile, abren interrogantes sobre la capacidad de estos espacios para sostener en el tiempo lo que logran construir en campaña.
¿Se trata entonces de un cambio de tendencia? ¿Se frena la ola de derecha? La respuesta, por ahora, es menos categórica de lo que podría parecer. O de la que muchos, por qué no admitirlo abiertamente, quisiéramos.
Porque si bien hay señales de desgaste en algunos liderazgos, el contexto global sigue siendo terreno fértil para este tipo de expresiones políticas. Conflictos bélicos, tensiones geopolíticas, incertidumbre económica y malestar social siguen marcando el pulso de buena parte del mundo. Y ese clima, históricamente, ha sido el caldo de cultivo donde crecen las opciones de derecha más disruptivas.
No obstante, algunas voces del propio campo progresista empiezan a leer el momento actual como un punto de inflexión. Tal es el caso del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, quien sostuvo en la apertura de la Cumbre Global Progresista de Barcelona, que los gobiernos de derecha atraviesan una etapa de retroceso. Más allá del tono incluso efusivo en la afirmación (el encuentro reunió a muchos mandatarios latinoamericanos, e incluso al gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof), sus palabras reflejan una percepción que comienza a circular, y es la idea de que el ciclo expansivo de estos espacios podría estar encontrando límites.
Pero, de nuevo, esa mirada parece convivir con otra más prudente, que advierte que los factores que impulsaron el crecimiento de la derecha radicalizada siguen muy presentes. Y mientras esas condiciones no cambien, cualquier diagnóstico definitivo parece apresurado.
Lo cierto es que la derecha radical —o las derechas radicalizadas, en plural— ya no aparece como una ola uniforme que avanza sin obstáculos (como en algún otro momento se quiso insinuar), sino como un fenómeno más fragmentado, atravesado por realidades nacionales muy distintas y por liderazgos que, en algunos casos, comienza a mostrar serias fisuras y dificultades. Y ahí también parece haber un elemento nuevo: el de la expectativa versus realidad.
Es que muchos de estos espacios llegaron al poder o a posiciones de influencia impulsados por la promesa de ruptura. Pero gobernar implica administrar, negociar, ceder. Y en ese tránsito, parte de su capital político parece diluirse. No necesariamente porque sus ideas pierdan fuerza, sino porque la realidad también hace lo suyo, tensionando, imponiendo límites.
En paralelo, el electorado que los llevó a crecer tampoco es completamente homogéneo ni necesariamente fiel. En muchos casos, más que una adhesión ideológica profunda, lo que existe es una búsqueda de alternativas frente al desencanto con otras fuerzas. Y ese mismo electorado puede volver a moverse, incluso en el sentido contrario. Todo está por verse.
Por eso, quizás la pregunta no sea si la derecha radical está retrocediendo, sino en qué fase se encuentra.
¿Fin de ciclo? Seguramente sea demasiado pronto para afirmarlo.
¿Reconfiguración? Eso parece más plausible.
En un escenario global cada vez más inestable, donde las certezas duran poco, tal vez lo único claro es que ninguna fuerza política —ni siquiera aquellas que parecían haber llegado para quedarse— tiene garantizada su centralidad.
Y en ese terreno movedizo, la política vuelve a ser lo que siempre fue: un espacio de disputa abierta, donde las olas no desaparecen, pero tampoco avanzan para siempre en la misma dirección.
En ese sentido, las palabras del expresidente español parecen llenar de ilusión a un sector del campo progresista que últimamente no venía de parabienes.
En verdad que ha sido llamativa la irrupción de Zapatero en esta escena. Figura que parecía olvidada, pero que, según relata un artículo del diario El País, al ingresar al recinto para dar una charla sobre los retos para Europa y Latinoamérica, lo hizo al ritmo de The Final Countdown (La Última Cuenta Regresiva), la canción emblemática del grupo sueco, Europe.
¿Qué habrá querido decir? Porque, siendo moderados, no parece tan sencillo hablar hoy del fin de un ciclo radical de derecha a nivel global.

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