Ahora resulta que hay una nueva juventud dando vueltas por el país y el mundo moderno. No se la ve demasiado en las plazas ni en los recitales, pero aparece cada vez más seguido en discursos, informes y conferencias.
Es una juventud curiosa: tiene 70, 75, a veces 80 años, y según dicen, está en su mejor momento. ¡Qué alegría!
No es un fenómeno biológico. Es más bien una cuestión de retórica.
"La gente vive más", repiten funcionarios, economistas, y panelistas de poca monta. Lo dicen con febril entusiasmo, como si anunciaran una imperdible promoción de supermercado. Y uno, de entrada, podría pensar que es una buena noticia. Que lo es, claramente. El problema es el uso que se le está dando a esa buena noticia.
Porque en algún punto del razonamiento —generalmente después de un gráfico prolijo o una comparación con Europa— aparece la verdadera intención: si vivís más, pues entonces podés trabajar y aportar más.
Te lo dicen así, sin anestesia, envuelto en palabras bastante más elegantes porque nadie en su sano juicio diría: "vas a laburar hasta que se te pudran los huesos". En cambio, hablan de "readecuar sistemas", "actualizar edades", "adaptar esquemas previsionales a las nuevas realidades demográficas". Todo muy técnico. Todo muy razonable.
Hasta que aparece el cuerpo.
El cuerpo se cansa, se rompe, se resiente. Y no todos los cuerpos llegan igual a los 60, ni a los 70. No es lo mismo escribir columnas como esta que cargar bolsas de cemento o cajones de verduras durante décadas. No es lo mismo trabajar en una linda oficina que pasar cuarenta años de pie atendiendo gente bajo cualquier circunstancia. No es lo mismo haber tenido acceso continuo a la salud que haber sobrevivido en la informalidad.Pero esa diferencia no entra en el PowerPoint.
Entonces aparece la nueva narrativa: "los 70 son los nuevos 50". Una frase que suena a slogan de gimnasio pero que empieza a funcionar como típico engaño de prepararte para lo que vendrá. Porque si tenés 70 pero "en realidad" tenés 50, ¿qué problema habría en que sigas trabajando?
Ninguno, claro.
Salvo la realidad.
Aunque es cierto que -en promedio- vivimos más años que nuestros abuelos, los años ganados no siempre llegan acompañados de la misma salud, la misma fuerza, la misma autonomía. La expectativa de vida crece. La expectativa de vida saludable, bastante menos. Dicho de otro modo: no necesariamente se alarga la juventud. Muchas veces se alarga la vejez.
Pero esa diferencia tampoco suele aparecer en los discursos.
Lo que aparece es la cifra final. El maldito promedio. El número redondo. Y un promedio tiene la elegante capacidad de borrar todo lo que molesta. Borra al albañil con la espalda destruida. Borra a la enfermera con las rodillas gastadas. Borra a quien pasó décadas levantándose a las cinco de la mañana para hacer trabajos que ningún informe internacional menciona.
Después, cuando la realidad se impone, también hay una respuesta preparada: el problema sos vos. No te adaptaste. No te cuidaste lo suficiente. No entendiste que ahora sos joven por más tiempo.
Primero te venden una mejora. Después te corren el arco. Finalmente te responsabilizan si no llegás. Y todo para sostener un sistema donde, curiosamente, lo que no parece extenderse justamente es el bienestar.
Durante décadas nos dijeron que la tecnología iba a liberar tiempo. Que las máquinas harían el trabajo pesado. Que el progreso permitiría trabajar menos y vivir mejor. Y en cierta forma ocurrió: hoy cada trabajador produce mucho más valor que hace cincuenta años. La riqueza creció. La productividad creció. Todo creció.
Menos el tiempo libre, y ni que hablar el salario.
Porque cuando llega el momento de discutir cómo repartir los beneficios de todo ese progreso, la solución parece ser siempre la misma: trabajar más. Como si el avance hubiera servido para todo menos para aquello que prometía.
En la calle, mientras tanto, la escena es otra. Gente que hace cuentas. Que no llega a comprar remedios. Que mide fuerzas. Que sabe —sin necesidad de informes internacionales— que después de cierta edad todo puede cambiar rápido. Que no es lo mismo caerse a los 40 que a los 75. Que la resistencia a veces no es ideológica, también es física.
Ese dato tampoco entra en el discurso.
Así que la pregunta no es si vivimos más. La pregunta es para qué. Si los años extra van a ser años propios —con tiempo, con salud, con algo de paz— o si van a ser simplemente más años de lo mismo: levantarse temprano, llegar justo, aguantar.
Y mire que yo no estoy en desacuerdo con que se revean ciertos asuntos previsionales, dependiendo la Caja en que se encuentre cada cual. Desde luego que no. Creo que bastante injusto es que alguien se jubile apenas superados los 40 años. No me parece razonable ni sostenible. Pero de la misma manera tampoco me parece sensato empezar a hablar de que la gente deba jubilarse a los 70. ¿Qué clase de locura es esa?
Que alguien elija seguir trabajando a esa edad, porque le da sentido a su existencia, porque le gusta o ama lo que hace: bienvenido sea. Pero una cosa es la elección y otra muy distinta es la obligación disfrazada de oportunidad.
Ahí está la trampa. En querer convencernos ahora de que hay una nueva "juventud" dispuesta a sacrificarse por un sistema que está colapsado por las administraciones fraudulentas que nos han tocado a lo largo de la historia.
Por lo tanto: que la ofrenda la pongan otros.

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