El pasado 30 de junio, Finlandia puso punto final a una de las tecnologías que definieron la vida cotidiana durante más de un siglo. Con una llamada de carácter simbólico, la empresa de telecomunicaciones Elisa desconectó la última red nacional de telefonía fija analógica de cobre que permanecía en funcionamiento en el país.
La comunicación fue breve, aunque cargada de significado. De un lado de la línea estaba el director ejecutivo de Elisa, Topi Manner; del otro, Jarkko Saarimäki, responsable de la Autoridad Finlandesa de Transporte y Comunicaciones (Traficom). Hablaron sobre el recorrido de una tecnología que acompañó a varias generaciones y, al despedirse, pronunciaron una palabra tan simple como elocuente: kuulemiin. Hasta luego.
No fue la última llamada desde un teléfono fijo del mundo, como algunos interpretaron inicialmente. Los teléfonos fijos continuarán existiendo mediante redes de fibra óptica y sistemas digitales. Lo que desapareció fue la histórica infraestructura analógica de cobre, aquella que durante casi 150 años transportó las conversaciones de millones de personas a través de cables que unían hogares, ciudades y países.
La escena tuvo un fuerte contenido simbólico. Durante décadas, el teléfono fijo fue mucho más que un dispositivo de comunicación. Ocupó un lugar central dentro de las viviendas y alrededor suyo se construyeron hábitos que hoy parecen lejanos: esperar una llamada importante, memorizar números telefónicos, estirar el cable del auricular para encontrar un poco de privacidad o reconocer, apenas sonaba el aparato, que algo merecía interrumpir la rutina.
Resulta llamativo que esta despedida haya ocurrido precisamente en Finlandia, un país estrechamente asociado a la revolución de la telefonía móvil. Allí nació Nokia, la compañía que convirtió al celular en un fenómeno global durante las últimas décadas del siglo XX. En cierto modo, el mismo país que ayudó a cambiar para siempre las comunicaciones fue también el encargado de despedir oficialmente una de sus tecnologías fundacionales.
La decisión de apagar la red responde a razones prácticas. Mantener la infraestructura de cobre se volvió cada vez más costoso frente al avance de las redes de fibra óptica, más rápidas, eficientes y confiables. El proceso de reemplazo comenzó hace años y Finlandia se suma así a otros países europeos que ya habían desmantelado sus antiguas redes analógicas.
Sin embargo, la noticia trascendió el ámbito tecnológico. Medios de distintos países recogieron el acontecimiento porque la última llamada terminó representando algo más profundo: el cierre definitivo de una época.
Durante casi siglo y medio, las voces viajaron por cables de cobre para anunciar nacimientos, compartir alegrías, comunicar pérdidas, acercar familias separadas por la distancia o resolver asuntos cotidianos. Cada generación conserva alguna escena vinculada a un teléfono fijo: una llamada esperada, una conversación interminable o el sonido del timbre que obligaba a dejar todo por unos minutos.
Las comunicaciones nunca fueron tan rápidas como ahora. Paradójicamente, pocas veces un simple llamado tuvo tanta capacidad para detener el tiempo como aquellos que llegaban a través del viejo teléfono de la casa.
La llamada realizada en Finlandia no marcó el final de la comunicación, sino el final de una forma de comunicarse. Desde ahora, las voces seguirán viajando convertidas en datos que recorren fibras ópticas, antenas y satélites. Pero los viejos cables de cobre, protagonistas silenciosos de casi ciento cincuenta años de historia, quedaron definitivamente en silencio.
Como suele ocurrir con las grandes transformaciones tecnológicas, el cambio no se mide solamente por lo que aparece, sino también por aquello que, casi sin advertirlo, deja de formar parte de la vida cotidiana.

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