Hace varios días que vengo pensando en escribir algo sobre algunas palabras que se están utilizando mucho pero con las que me siento como quien se come los mocos viendo en la tele algo que no entiende demasiado pero que igual resulta atrapante. Y desde el vamos, pido perdón por la expresión que acabo de usar.
Es que uno pasa décadas aprendiendo a hablar, capaz ni lo logra adecuadamente; o a escribir para tratar de no pasar mucha vergüenza, a distinguir un adverbio de una verdulería, y de pronto aparece alguien – un pibe o un pendeviejo- exclamando “qué Chad”. Y uno se queda entonces mirando fijo el horizonte como si acabara de escuchar algo que, de aprender, tal vez resulte revelador.
Pero no.
Si Roberto Arlt viviera hoy, no escribiría Aguafuertes porteñas: escribiría las Aguafuertes del algoritmo. Haría guardia en redes sociales como antes la hacía en los cafés. Porque el verdadero bicho que le interesaba analizar ya no está en las calles que el caminaba sino en internet, donde millones de personas inventan palabras nuevas cada quince minutos para describir cosas que no son nuevas, pero parecen.
Entre esas criaturas lingüísticas apareció “Chad”. ¿Pero qué carajos es un Chad?
Bueno, según parece, un Chad es el tipo exitoso, seguro de sí mismo, un ganador. Vendría a ser una mezcla entre galán de gimnasio, campeón del software u optimista del gol. El abanico de posibilidades parece amplio, según parece.
Pero antes a ese tipo de personas les decíamos “capo”. O “crack”. O “capanga”. O “bestia”. O “este tipo la tiene clarísima”. Cosas que seguimos diciendo, de hecho.
Pero evidentemente nada alcanzó. La humanidad (o la argentinidad) sintió la necesidad urgente de incorporar, entre muchas otras, “Chad”; palabra que suena más a marca de auto importado que a algo relacionado directamente con el ser humano.
Y lo peor no es aprenderla. Lo peor es tener que fingir naturalidad.
Porque uno escucha:
—Nah, ese flaco es re Chad.
Y ahí empieza el teatro generacional. Uno asiente levemente, como entendiendo, mientras por dentro en realidad lo que hay es un empleado municipal administrando sus propias dudas. Ese soy yo, por supuesto. Entonces aparece el reflejo automático del hombre cansado de cincuenta años que piensa para sus adentros “y bueno, después lo googleo…”.
Qué época extraña esta. Antes, cuando alguien no entendía una palabra, iba al diccionario. Un objeto noble, muchas veces pesado, oloroso a biblioteca y humedad. Hoy directamente se lo pregunta a la inteligencia artificial, que responde antes de pestañear:
“Chad es un arquetipo masculino asociado al éxito social”. Mirá vos. Creo que Borges no lo junó a este.
Y claro, “Chad” no vino solo. Internet trae palabras (y expresiones) como los barcos traían pestes y sueños hace siglos. Aparecen entonces “random”, “cringe”, “literal”, “flama”, “basado”, “shippear”, “stalkear”, usado al revés, “baneado”, “viralice”, “mood”, “six seven”, “prime”, “NPC” y vaya uno a saber cuántas más. Hay gente que ya habla como un subtítulo mal traducido. O como si le fallara el embrague. Es que eso es lo que pasa: al lenguaje le falla el embrague, que alguien le avise.
—Rey, ayer me pasó algo re random y me dio cringe.
- ¿Pero te sentís bien o llamamos a una ambulancia?
Encima, Argentina ya venía complicada de fábrica. Porque además del castellano tenemos lunfardo, jerga de cancha, lenguaje adolescente, vocabulario tumbero, expresiones barriales y una capacidad nacional para deformar palabras que debería ser patrimonio cultural. Nosotros agarramos cualquier término y lo hacemos sonar a discusión en un kiosco.
Entonces internet cayó sobre una sociedad que ya hablaba raro de por sí. Era innecesario echarle más kerosene al incendio.
Pero quizá lo más agotador no sea la aparición de palabras nuevas. El problema es la velocidad. Antes una expresión tardaba años en instalarse. Hoy nace un término a la mañana y a la noche ya hay un diputado usándolo en televisión para parecer joven. Ahí es cuando la palabra muere oficialmente (risas).
Y uno termina agotado. No porque no pueda aprenderlas. Aprender, aprende cualquiera. El asunto es la obligación tácita de mantenerse actualizado lingüísticamente para entender algo de lo que alguien habla, como si el idioma fuera una aplicación que necesita parches semanales.
Yo ya estoy cansado.
No quiero estudiar más dialectos, o lo que sea, surgidos de memes hechos por personas que todavía no pagaron dos pesos por haber llegado al mundo. No quiero que cada conversación parezca una reunión de programadores. No quiero escuchar “literal” quince veces por minuto usado para cosas que no son literales.
Quiero volver a una época simple donde un imbécil era apenas un imbécil y no un “NPC con energía cringe”, o algo parecido.
Aunque, pensándolo bien, tal vez esto pasó siempre. Quizás nuestros viejos también se hartaban cuando nosotros decíamos “copado”, “flash”, “¿cuál es?”, “careta” o “zarpado”. Tal vez toda generación cree que el idioma se está yendo a la mierda cuando en realidad solamente está mudando de piel. Otra vez me fui al carajo, disculpas de nuevo.
Pero aun entendiendo eso, hay algo que me rebela.
Porque acepto el progreso tecnológico. Acepto que los teléfonos hagan videollamadas, que un auto se estacione solo (aunque todavía no lo vi con mis propios ojos) y que una inteligencia artificial te explique filosofía existencial mientras uno come bizcochitos.
Lo que no acepto es tener que escuchar “sigma male”.
De ahí sí que me bajo.
Y sí, vaya a googlearlo usted también y después me cuenta.

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