El tipo que espera un cargo





Hay personas que han pasado la vida entera esperando un cargo. Pero no uno específico, más bien uno cualquiera. Algo que venga con escritorio, si es con sello mejor, tal vez una secretaria, y sobre todo un título que anteceda al nombre. Es decir, director de “coso”, “cosa”. Jefe de “eso”. Responsable de “algo”.


Durante años, este buen hombre —llamémoslo así, porque suele ser un buen hombre— transitó trabajos difusos, saberes generales y opiniones más o menos rebuscadas sobre absolutamente todo. No estudió una disciplina en particular, no profundizó en un área concreta, pero siempre supo, de puro chapucero, lo suficiente como para opinar con envidiable seguridad de todo lo que le preguntasen. Tocó de oído, sí, pero con entusiasmo y convicción. Y eso, en ciertos ámbitos, parece suficiente.


El día que finalmente un viejo amigo recién llegado a la política le tendió la mano para algo, el destino hasta de su familia empezó a modificarse con rapidez. Salud, Seguridad, Economía, Producción, Ambiente, Cultura. O alguna oficina cuyo nombre apenas entra en la tarjeta personal, que de esas imprimen una buena cantidad cuando llega el tan ansiado día. Da igual. Porque el verdadero talento de este tipo de personas no está en el conocimiento técnico, sino en la capacidad camaleónica. Se adaptan. Se mimetizan. Se ponen el traje que la función exige. Si es en Deporte, ahí lo veremos con zapatillas deportivas de alta calidad y resplandecientes. Si es en Ambiente, ahí lo veremos jugando al boy scout. Y si es en Economía, ya lo podemos imaginar…


Así, quien jamás supo algo de presupuestos ni contaduría se convierte rápidamente en experto en números. El que nunca pisó un centro de salud empieza a hablar de protocolos o necesidades que atender en atención primaria. El que siempre llegó tarde, ahora exige puntualidad. El otrora despreocupado muta en obsesivo del orden, de los papeles, planillas, y las ridículas circulares. Todo sea por el cargo largamente anhelado.


A veces, alguien los recluta para una función menor, de esas que no deciden el rumbo de nada pero que igual sostienen el funcionamiento burocrático del momento que toca. Y ahí también están: firmes, convencidos de que nacieron para eso. Y se presentan ante los demás como responsables de esa área, titulares, directores o lo que sea. Porque lo importante no es la jerarquía, sino estar adentro. Haber llegado. Haber sido elegidos.


Lo llamativo de este tipo de especímenes es que suelen tener a cargo personas muchas veces más formadas, más preparadas, más idóneas. Pero eso no parece inquietarlos. Ellos mandan, los otros… los otros saben. Una división tácita del trabajo que rara vez figura en los organigramas.


Hay muchos de estos tipos, seguramente, en cualquier punto del país. No es patrimonio de esta ciudad ni de este tiempo. Ya Roberto Arlt los identificaba en sus Aguafuertes Porteñas de la década del 30 y antes también. Son personajes recurrentes en la vida pública, casi arquetipos. Hombres que esperaron tanto el momento que, cuando llegó, estaban dispuestos a ser lo que hiciera falta. Incluso aquello que nunca imaginaron.


Y tal vez por eso duren en la función que les toque estar. Porque el que sabe mucho a veces duda, pero el que siempre tocó de oído jamás desafina. Es parte del convencimiento al que necesariamente hay que llegar si toda una vida esperaron una oportunidad como esta. Como la de este tipo cuya historia acabo de contarles.




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