Se negocia con el cuerpo

 




Leo en la sección Clasificados del diario: “Necesito alquilar: somos mi alma y yo. Pago hasta $450 mil (*)”. Tan bien me cayó lo que leí, corto pero fulminante, que me quedé pensando en cómo todavía hay gente capaz de decir mucho con tan pocas palabras.

No creo que esta persona haya pasado horas buscando conmover a propietarios ni resumiendo una situación particular. Sin embargo, me dejó la idea dando vueltas en la cabeza, como para dedicarle al menos unas líneas.

No sé si era mujer, hombre, joven o adulto. Tampoco importa. Lo que importa es el mensaje, que en su simpleza logró arrancarle una sonrisa —o al menos un comentario— a más de uno.

Difícilmente pueda ayudar yo a esta persona a conseguir un alquiler a ese precio. La situación es compleja y el sistema, bastante especulativo. Pero algo lo llevó a condensar en tan pocas palabras un mensaje que incluso trasciende su propia necesidad.

“Somos mi alma y yo”. Qué bien suena eso. Habla de la soledad, de la poesía, de la vida, o de un instante muy particular que encontró forma en un aviso clasificado.

Un viejo compañero me dijo una vez, en la redacción, mientras hablábamos de bueyes perdidos: “Cacho, dejá de filosofar, que con la filosofía no cerramos el diario”. Algo así habrá pensado más de un propietario: “Lindo el mensaje, pero si quiere alquilar con su alma, es otro precio”.

Claro, en los valores no está contemplada el alma. No hay leyes que regulen su uso para un fin específico. En este caso, para combatir el insomnio, la soledad o simplemente para llamar la atención, alguien tuvo la idea de añadirle originalidad al mensaje. Pero este mundo castiga la originalidad con bastante rigor.

Y no solo el aviso le va a costar dinero. También lo que venga después: si quiere ir con su alma a comer una pizza, a tomar un café, a un recital o a la universidad.

Digamos que se acaba de meter en un problema mayor. ¿Cómo se le ocurre hacer negocios metiendo al alma en el medio? Para obtener algún beneficio, los negocios deben estar desprovistos de toda entidad ajena. Se negocia cuerpo a cuerpo. Porque si se negocia con el alma, con el alma y el cuerpo te van a cobrar.

Desde este espacio —que, entre otras cosas, intenta reducir ciertos costos económicos o espirituales— le aconsejamos a este buen hombre o mujer que la próxima vez aclare que los $450 mil incluyen todo: expensas, impuestos y, por supuesto, la libre utilización del alma.

Después sí: que el alma aparezca en toda su dimensión. Que se emborrache en la soledad de las ideas, de la poesía y de ese mundo metafórico de quienes no quieren vivir como el resto, sino como realmente quieren.

(*) Publicado en La Opinión Austral año 2007. El valor del alquiler era de 450 pesos.

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