Los primeros llegaron sin hacer mucho barullo. Una estructura más o menos moderna, reacondicionada, aunque sin estridencias: luces sobrias y un cartel con un jeroglífico para quienes no entendemos ese idioma. Después vino otro. Y otro más. Hoy ya son varios —más de seis, seguro— entre autoservicios y locales tipo bazar chinos que comenzaron a poblar Río Gallegos, como si alguien hubiese decidido acercarnos en el mapa de manera repentina.
Y la gente los recibe bien. No hay digamos una resistencia visible ni discursos infectados de racismo en la vereda. La reacción es más simple, sencilla, más humana: se entra, se mira, se chusmea. Se comparan precios, se recorren góndolas a veces interminables, se toca lo que se puede tocar. Algunos salen con una bolsa del bazar —un tupper, una lámpara, un cargador— y otros con productos de almacén a precios que invitan a volver. Nadie hace sociología en la caja: se compra y listo.
No es la primera vez que Río Gallegos convive con lo que, durante años, se llamó sin demasiada precisión “lo chino”. En los noventa, muchos locales eran atendidos por comerciantes coreanos. Había casas de ropa, algún que otro comercio más, y con el tiempo supimos que no todo lo oriental tenía por qué ser chino. Aquellos locales ya no están. De a poco se fueron yendo, como tantas otras cosas de esa década que hoy sobreviven apenas en la memoria borrosa de la ciudad.
Antes se le decía “chino” a todo lo que viniera de ojos rasgados y acento para nosotros extraño. Hoy no. Algo cambió. Quizás sea información, quizás sea costumbre, quizás sea pura exposición. Los más jóvenes tienen una habilidad llamativa para detectar nacionalidades. Debe ser por los streamers, youtubers o influencers de medio planeta que siguen habitualmente.
No obstante, que empiecen a aparecer tantos locales chinos como los que hay en Buenos Aires, o en gran parte del país es, en el fondo, un signo de los tiempos. Para algunos es una invasión silenciosa que nadie puede frenar. Para otros, simplemente, está bien: más oferta, más competencia, mejores precios. Nada más. Cada cual acomoda su mirada según su bolsillo y su idea del mundo.
Desde el gobierno nacional, o mejor dicho desde los que son más papistas que el papa, se insiste en que hay que frenar “a esta gente”. El problema es que a los chinos no se los frena tan fácilmente. Y no lo digo ahora, cuando ya están cada vez más presentes. Lo digo porque este oficio —que obliga a escuchar, a preguntar, a leer algo y tratar de entender— me llevó hace más de veinte años a hablar de esto mismo con empresarios santacruceños que ya advertían sobre la industria metalúrgica china, sobre una economía que recién comenzaba a abrirse al mundo capitalista y de lo que era capaz de generar la sociedad más poblada (por entonces lo era, hoy India ocupa ese lugar) con disciplina y recursos económicos.
Cuando eso ocurrió, se terminó la discusión. Es que no hay posibilidad de competir de igual a igual con una potencia que, además, no arrastra muchos de los vicios que Occidente naturalizó como parte del sistema.
Tal vez, más que alarmarnos por las persianas nuevas y las góndolas llenas, habría que detenerse a aprender. Aprender cómo piensan, cómo producen, cómo planifican a largo plazo. No para imitarlos ciegamente, sino para dejar de subestimarlos. Porque eso sí que ya quedó viejo. Tan viejo como creer que la ciudad no cambia, cuando en realidad cambia todo el tiempo, incluso en los detalles más sencillos pero que hacen a nuestra cotidianeidad.
Y con esto no es que les esté dando la bienvenida sin más. No es que me parezca que está bien que arrasen por donde pasan, pero es que nosotros nada más los vemos pasar porque ni tiempo para pensar nos dan. Y eso que no le hablé aquí de sus autos ni de sus camionetas, tan modernas y económicas que ya están inundando la ciudad y la provincia.

0 Comentarios