Breve historia mundialista: “El Casamiento”


Hay algo en el Mundial de Italia 1990 que no está en los archivos oficiales de la FIFA. Que no está en las estadísticas ni en las formaciones, tampoco en los resúmenes que repiten los canales de televisión cada cuatro años, o que ves por YouTube. Hay algo que está en otra parte: en las casas, en los clubes, en los salones alquilados, en la memoria medio torcida de una familia que todavía discute quién tuvo la culpa. Sí, señoras y señores: hay algo que permanece encriptado en mis archivos familiares. O permanecía, hasta hoy.

Eran los últimos días de ese suplicio. 

Maradona transitaba ese mundial agotado y físicamente muy roto: con la pelota pegada a los pies como siempre, pero con el cuerpo muy desgastado y su tobillo convertido en pelota de tenis. Argentina no había llegado a la final: prácticamente se había colado. El partido de la semifinal contra Italia siento que lo ganamos bien, pero todo lo anterior había sido caótico. La realidad es que habíamos entrado a las instancias decisivas como quien entra a una casa por la puerta de atrás, como esas que dan al patio, donde siempre hay una silla rota o cosas tiradas. Y a esa altura, para la final, estábamos sin Caniggia, con muchos jugadores entre algodones y suspendidos, y entonces el equipo que salió a la cancha para jugar contra la Alemania de Lothar Matthäus era, siendo generosos, un intento bastante borroso de selección.

Pero la historia —la verdadera— no empezó en el Estadio Olímpico de Roma. Empezó la noche anterior, en un salón – aún hoy tradicional para los que vivimos en Río Gallegos- de esos donde siempre hay una tía que acomoda las bandejas y un primo que prueba el sonido como si fuera ingeniero.

Porque alguien —una prima, para ser exactos— decidió casarse justo la víspera de la final del mundo.

No es que haya sido una provocación. Fue, más bien, una imprudencia civil. Sacar fecha sin mirar el fixture debería ser causal de revisión familiar. Pero claro, nadie cuando firma en el registro civil imagina que el calendario le va a poner una final del mundo en la puerta de la iglesia.

Y ahí estábamos todos ese día.

La década arrancaba a ritmo de lambada. Y el clásico de Kaoma (Chorando Se Foi) sonaba como si no hubiera mañana, y en cierto modo no lo había: al día siguiente se jugaba todo. Yo, que hasta ese momento había llevado una vida coreográfica discreta, decidí entregarme cándido al ritmo de esa música brasilera. No sé si por la emoción mundialista o por un exceso de optimismo etílico-adolescente, pero salí a la pista.

Y bailé. 

O eso creí.

Durante esos tres minutos fui feliz. No es poco. Pensé que había encontrado un talento oculto, natural. Una especie de redención tardía. Hasta que terminó la música, mi compañera me soltó la mano —gesto que en ese contexto debería haber sido una señal— y el tribunal familiar dictó sentencia:

— ¿Qué estabas bailando?

—Lambada —dije, todavía con algo de dignidad.

—Eso era chamamé -, me retrucaron.

No volví a intentarlo nunca más a lo largo de la noche.

La fiesta, hay que decirlo, fue un éxito. Los novios siguen juntos al día de hoy, lo cual agrava todo: no se les puede discutir nada sin quedar como un resentido histórico. Pero lo importante no es eso, sino lo que vino después.

Porque al otro día había que limpiar el salón.

Y ahí se terminó de romper todo. Ustedes ya se imaginarán de lo que hablo.

Mientras Argentina salía a jugar la final, parte del núcleo duro de la cábala —madres, tías, esos pilares invisibles de cualquier clasificación sufrida— estaba pasando trapos, levantando sillas, acomodando mesas. Dispersos. Desorganizados. Inútiles para la causa mundialista.

¿A quién se le ocurre alterar una cábala en una final del mundo?

Los partidos anteriores los habíamos visto juntos, cada uno en sus casas, apretados, sufriendo cada cruce como si fuera el último. Habíamos resistido a Brasil (¡Brasil!), sobrevivido a Yugoslavia, ni qué hablar de Italia. Y justo ese día, el día más delicado de todos, decidimos innovar.

Después vino el penal polémico, el pitazo final, el silencio. El regreso a la realidad.

Pero yo siempre sospeché que el resultado se había definido unas horas antes, cuando alguien dijo “mañana limpiamos a la tardecita así ya queda listo”.

Así que cada vez que suena Un'Estate Italiana, no veo solamente a Maradona mirando al vacío ni a los alemanes festejando con sobriedad europea. Escucho también el eco de esa fiesta, el roce torpe de mis pasos mal dados, el murmullo atragantado de una familia convencida de que la historia, a veces, se pierde en detalles mínimos.

Con el tiempo acepté que no había sido lambada lo que había bailado. Pero al menos no rompí la cábala el día más importante. 

Aquella tarde también pensé que el del 94, si se daba, podía ser el último mundial del Diego y que, por ahí, se nos podía dar de nuevo. 

Pero para el campeonato de EEUU justo me tocó hacer la colimba. La última clase.

Aunque eso ya forma parte de otra historia mundialista.


Publicar un comentario

0 Comentarios

Últimas Publicaciones

Cargando contenido...