Breve historia mundialista: “El semáforo”


Hay momentos en los que uno cree que no está pensando en nada.

De repente, el semáforo se pone en rojo y yo que freno abruptamente. Luego miro por el espejo retrovisor, nadie detrás, nadie al costado. Mejor así. No pasó nada. Solamente tengo que esperar. Esperar y pensar. O seguir pensando.

Pero no es cierto que no pase nada. Siempre algo aparece. Es más, ahí lo veo, claro que sí, puedo imaginármelo a Ken Aston pensando, como yo lo estoy haciendo ahora, sentado en su auto.

Hablo del recordado árbitro inglés. El hombre que inventó las tarjetas. Pero no es que las inventó en un laboratorio ni en una reunión de burócratas de la FIFA, sino exactamente ahí: frenado en un semáforo en Londres, en 1966, después de uno de los partidos más confusos y violentos de la historia de los mundiales y que, como más de uno ya sabrá de lo que estoy hablando, tuvo como principal protagonista a una verdadera gloria del fútbol argentino.

La historia cuenta que a falta de diez minutos para el cierre del primer tiempo del partido por cuartos de final entre Inglaterra y Argentina, el árbitro alemán Rudolf Kreitlein decidió expulsar al capitán Antonio Rattín supuestamente por algo que le recriminó, pero sin que nadie entendiera con claridad de qué se trataba. No había señal. No había un gesto universal de donde agarrarse para entender lo que pasaba. Kreitlein le comunicó su decisión al jugador en alemán, pero Rattín lo miró sin comprender lo que le estaba diciendo. Aunque algo suponía.

El bochorno desatado posteriormente generó que durante algo más de diez minutos el partido se detenga. Hasta que finalmente, con seguridad, el capitán de la selección fue escoltado e invitado a dejar el campo de juego. Mientras argentinos e ingleses todavía se decían de todo sobre el terreno. 

Las historias que desde entonces se tejieron, son múltiples. Y las imágenes, aunque no muchas, son bastante conocidas. La más icónica muestra a la leyenda de Boca Juniors apretando con fuerza, casi hasta arrancarlo, al banderín del córner con la bandera de Gran Bretaña. Imagen icónica si las hay.

El caso es que Argentina jugó con uno menos el resto del partido. Y recién a falta de diez minutos para el final los ingleses pudieron vulnerar la sólida defensa nacional. Uno a cero. Y listo, de vuelta a casa.

Ese día, además, mientras el capitán dejaba el estadio, el público comenzó a corear “animals, animals” a los argentinos. Y a partir de entonces, y durante casi una década, de esa forma comenzaron a llamarnos. Hasta que primero el Mundial de 1978, y más tarde el de 1986, fueron colocando ciertas cosas en su lugar.

Pero estamos en el semáforo de nuevo. 

Aston, que era jefe de árbitros, salió ese día del estadio con la cabeza en llamas por todo lo que había ocurrido. Y ahí, justamente ahí: parado frente al semáforo —rojo, amarillo, verde—, tuvo la idea más simple y duradera de toda la historia del reglamento. Los colores del tráfico. Amarillo: advertencia. Rojo: fuera. Una comunicación universal que no necesitaba un idioma ni palabras, que no necesitaba nada más que dos cartulinas y la intuición de un hombre estresado mirando un semáforo. Como yo ahora.

Así fueron creadas las tarjetas que los árbitros llevan desde entonces en sus bolsillos. Y que se implementaron finalmente en el Mundial de México 1970. Vaya invento, vaya creación.

Y yo que ahora no puedo dejar de pensar en los extraños momentos en que las ideas aparecen desde vaya a saber qué puerta del pensamiento. 

¿Cómo nunca se me ocurre algo bueno mientras espero el semáforo?


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