Éramos pibes. Eso primero, porque todo lo demás viene después.
Fabián y Luis vivían con su abuelita, al lado de casa, y el patio que compartíamos era el mundo entero. Universo de chatarras convertidas en autos, motos, aviones y tanques por esos días. La pelota, los cordones de las zapatillas desatados. El frío, el viento, la escarcha. Nada importaba, solamente el grito de mamá llamando a comer: eso era todo. Eso era suficiente.
Faltaba poco para Argentina y Hungría.
No sé qué estábamos haciendo esa tarde. Probablemente algo en lo que Fabián me ganaba, porque él tenía dos años más y dos años, a esa edad, son una distancia enorme. Las cosas de pibes no se explican. Pasan y listo.
Entonces Fabián dijo algo.
No recuerdo en qué momento, ni por qué, ni cómo llegamos a eso. Las cosas importantes ya desde la infancia no avisan. Aparecen de la nada, como la oscuridad: de golpe, y ya estás adentro.
—Todos vamos a morir, Cacho.
¿Qué dijiste?
—Que todos vamos a morir. ¿Sos sordo también?
Yo le dije que no. Con la febril convicción de los siete años, que es la única convicción verdadera. Le dije que no y lo sostuve. Pero algo en mí intuía que por ahí tenía un poco de razón. Algo se rompió muy adentro, callado, sin hacer ruido. Como se rompen las cosas que importan. Sentimiento de angustia.
Nunca había reparado en eso antes. En siete años de vida, ni una sola vez. La muerte era una palabra que existía en otro idioma, en boca de los grandes, allá lejos, pero muy lejos. Y de pronto estaba ahí, metiéndose en el patio, en mis cosas, traída por un pibe más grande que yo y a quien se lo veía muy convencido de lo que estaba hablando.
Ese día, creo, empecé a pensar.
La guerra había terminado. Eso debería haberme puesto contento. O quizás no, porque habíamos perdido. Pero a los siete años la geopolítica no te llega de esa forma. Viene de otra manera: por ejemplo, en los ojos de tu mamá.
Mamá salía a comprar al mercado y miraba el cielo. Lo miraba de una forma que yo no entendía del todo pero que sentía en el estómago. Miraba para arriba y apuraba el paso, porque los aviones podían ser nuestros o podían ser de ellos, y no siempre se sabía.
Esa tarde, ya no.
Esa tarde el cielo era solo cielo.
Después vino el partido. Y en algún momento, en medio de todo eso —la muerte que Fabián me había metido en la cabeza, la guerra que terminaba, el silencio nuevo de mi mamá— Maradona convirtió su primer gol en un Mundial, tirándose de palomita para llegar antes que el rival.
No sé si lo grité. No sé si lloré. Tengo siete años en ese recuerdo y los siete años no guardan bien ciertos detalles: guardan sensaciones, la temperatura de las cosas. Pero no más que eso.
Y la temperatura de esa tarde era extraña y hermosa.
Como si el mundo se hubiera roto un poco y, al mismo tiempo, hubiera encontrado una forma nueva de estar entero.
Mi mamá ya no miraba el cielo de la misma manera.
Argentina goleaba a los que aún hoy ostentan el record de haber ganado por más goles en la historia de los mundiales.
Fabián nunca se disculpó conmigo por lo que me había dicho.
Pero lo perdoné sin que lo sepa.
Y al día siguiente, volvimos a jugar.

1 Comentarios
Excelente.
ResponderBorrar