El jefe de Gabinete y ex vocero presidencial, Manuel Adorni, atraviesa uno de los momentos más incómodos desde su llegada al gobierno de Javier Milei. Las denuncias sobre gastos sin explicar, movimientos patrimoniales y cuentas todavía poco claras comenzaron a erosionar no sólo su imagen, sino también el discurso de pureza moral con el que el oficialismo llegó al poder.
En los últimos días, Adorni eligió refugiarse en entrevistas con medios afines, donde las preguntas incómodas brillan por su ausencia. La estrategia parece clara: reducir todo cuestionamiento a una operación del kirchnerismo, de la izquierda o de sectores opositores. Sin embargo, la insistencia en ese argumento empieza a mostrar un desgaste que parece irreversible.
En su intento por despegarse de cualquier sospecha, el oficialismo cayó además en una lógica cada vez más apoyada en teorías conspirativas y relatos forzados. Toda crítica es presentada como un intento de desestabilización. Pero el resultado termina siendo inverso, como a Pinocho le crecía la nariz cada vez que mentía.
La excusa de “dejar trabajar a la Justicia”, esgrimida en reiteradas ocasiones por Adorni, tampoco termina de convencer. Porque una investigación judicial no impide que un funcionario explique públicamente de dónde provienen fondos o gastos bajo sospecha. Si realmente no hubiera nada que ocultar, transparentar información no entorpecería ninguna causa.
Y allí aparece uno de los puntos más delicados: ¿cómo un funcionario que hasta hace pocos años exhibía un patrimonio muy modesto pudo afrontar gastos millonarios en dólares en tan poco tiempo? Aun con un salario elevado dentro del Estado, los números difícilmente cierren para la mayoría de los argentinos que hacen cuentas todos los días.
El problema para el gobierno es que las sospechas no aparecen en cualquier contexto. Milei llegó al poder prometiendo terminar con la corrupción, combatir privilegios y destruir a “la casta”. Por eso cada episodio golpea el doble: porque pone en tensión la base moral sobre la que construyó su legitimidad. ¿O ya no les importa a sus votantes esa base moral?
Mientras tanto, el oficialismo continúa ajustando sobre universidades, jubilados, salud, discapacidad, ciencia y obra pública, bajo el argumento de que “no hay plata”. Pero cuando aparecen cuestionamientos internos, el tono cambia: ya no hay furia moral, sino blindaje político.
A eso se suma otro desgaste evidente: la figura de un presidente permanentemente enfrentado con todo y con todos. Insultos, agresiones, ataques a periodistas y una lógica de confrontación constante que, incluso para algunos simpatizantes, empieza a perder eficacia. Lo que antes podía resultar disruptivo o extravagante hoy comienza a percibirse como agotador. Insoportable. Tedioso.
Porque, en definitiva, los gobiernos resisten cuando logran resolver problemas. Pero este gobierno muchas veces parece más cómodo generándolos. Celebra cierres de fábricas hablando de “reinvención”, mientras miles de familias quedan afuera del sistema. Se enorgullece de desfinanciar al Estado, olvidando que el Estado también debería funcionar como regulador y contenedor social.
La sociedad votó un cambio, eso es más que claro. Un “esto no lo queremos más”. Pero en política nada es permanente. Milei conserva un núcleo duro importante, aunque esos niveles de adhesión pueden modificarse rápidamente si aparecen nuevas alternativas o si la oposición logra ordenar sus propias diferencias detrás de una causa común.
Porque cuando un gobierno construye toda su identidad alrededor de “ser distinto”, cualquier sospecha pesa el doble. Además, corre el serio riesgo de quedarse atrapado en su propio laberinto.
Si la estrategia de Adorni es hacerle creer a la sociedad que está limpio, entonces probablemente ya sea demasiado tarde. Hace dos meses que se convirtió en el rey de los memes, de las sospechas y del descrédito público. Y en política, cuando una figura queda encerrada en ese lugar, difícilmente pueda reconstruir autoridad a fuerza de entrevistas amigables y discursos defensivos.
Por eso, si esa operación de lavado de imagen ya no parece viable ni para él ni para el propio presidente, entonces sólo queda pensar que continúa allí por alguna razón que todavía no se dice abiertamente, pero que cualquiera puede imaginar.
Pero, ya lo sabemos, no hay que alimentar teorías conspirativas.
0 Comentarios