En varias universidades de Estados Unidos, los actos de graduación este año van dejando una escena poco frecuente: estudiantes abucheando menciones a la inteligencia artificial durante los discursos de cierre.
Lo que primero circuló como una curiosidad empezó a ser leído por distintos medios como un síntoma más amplio, vinculado al futuro del trabajo y a las expectativas de una generación que está dando sus primeros pasos fuera del sistema educativo. Y nada de lo que ven esos jóvenes parece ser muy bueno.
El episodio más comentado ocurrió en la Universidad de Central Florida, cuando una oradora definió a la IA como “la próxima revolución industrial” y fue interrumpida por silbidos. Días después, el ex CEO de Google, Eric Schmidt, atravesó una situación similar en la Universidad de Arizona al referirse al impacto de estas tecnologías. La repetición de escenas en distintas instituciones llamó la atención de diversos medios, que empezaron a analizar el fenómeno más allá de lo anecdótico.
A primera vista, podría interpretarse nada más que como una reacción frente al cambio tecnológico. O algunos quisieron verlo de esa manera. Lo cierto es que los estudiantes que se gradúan no están reaccionando frente a una innovación abstracta, sino frente a una transformación que toca directamente el mercado laboral estadounidense.
En ese sentido, fuentes informativas señalan que ya se han perdido casi 120.000 empleos relacionados con la IA en Estados Unidos solo desde el año pasado. Además, según análisis publicados por Axios, el fenómeno también refleja un cambio en la percepción de la generación Z: crece la idea de que la IA no solo está imponiendo el cambio abrupto en el trabajo, sino que podría reducir las oportunidades de entrada al mercado laboral, justamente, en sus niveles más iniciales.
En este punto, pero más en la profundidad del asunto, otro artículo difundido recientemente por el New York Times, advierte que “en Estados Unidos, simplemente carecemos de la infraestructura política necesaria para distribuir los beneficios de la IA entre la ciudadanía”.
Es que, para muchas personas la IA se percibe como una herramienta de “extracción, no de mejora” y por eso termina resultando significativo que la generación más expuesta a la IA parezca ser la que menos la aprecie.
El artículo continúa señalando que a los ejecutivos de estas empresas, protegidos por sus colosales fortunas y las consiguientes conexiones políticas, no parecen sentir mucha presión por convencer a la gente y que, en cambio, “el mensaje de la industria es coercitivo e intimidatorio”, porque no se trata solo de una discusión tecnológica “sino también de una disputa sobre quién define las reglas del futuro laboral”. Vaya pavada, ¿no?
De modo que los recién graduados universitarios se enfrentan a un mercado brutal, ya que los puestos de nivel inicial desaparecen y la IA hace que el proceso de solicitud sea extremadamente opaco. El mensaje, continúa, parece claro: “Adopten nuestro producto bajo nuestras condiciones o se quedarán atrás para siempre”. Y ese es el mensaje, en gran parte, que también parece bajarse al resto del mundo cuando se habla de la adopción de la IA en el campo laboral.
Pero, entre tanto, el texto va culminando con algo muy llamativo y es que señala que “los multimillonarios tecnológicos probablemente serían menos propensos a anunciar que sus inventos causarán desempleo masivo si se sintieran limitados por la opinión pública. El hecho de que no lo hagan demuestra hasta qué punto se ha roto el sistema democrático estadounidense”.
Evidentemente, queda claro que los magnates, como Jeff Bezos, sabían muy bien lo que estaban haciendo cuando decidieron comprar grandes medios de comunicación. Y los resultados comienzan a estar más que claros.
En definitiva, lo que ocurrió en estos actos de graduación tiene algo de gesto simbólico. En el momento que marca el ingreso al mundo adulto, una parte de esa generación respondió con escepticismo —y mucho ruido— a quienes les hablaban del futuro.
En el fondo, más que el simple rechazo a una tecnología en particular, es una señal de alerta y de discrepancia sobre las condiciones laborales en las que ese futuro empieza a tomar forma.
Y ese horizonte al que asistimos no parece ser muy halagüeño que digamos. Por más que los magnates se empecinen en hacernos creer lo contrario.
Claro, son ellos los que, en esta etapa que atraviesa la humanidad, tienen el sartén por el mango.

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