A esta altura, las entrevistas que le hacen al presidente Javier Milei se parecen más a la confirmación persistente —y cada vez menos disimulada— de la sordidez de su mirada y de un desprecio explícito por algunos aspectos básicos de la vida humana. No iluminan, oscurecen.
Sí señor. Usted tiene toda la razón, señor presidente.
Pero claro, el esquema que se arma para recibirlo es tan simple como viejos son los trapos. Javier Milei habla. Del otro lado, asienten. Pero no es que asienten ocasionalmente. No. Es un “sí, sí, sí” constante, recurrente. Un murmullo de aprobación permanente que convierte cualquier idea en una especie de verdad revelada. No hay fricción, no hay repregunta, no hay ese pequeño gesto incómodo que suele indicar que alguien, al menos, está pensando.
Como usted diga, señor presidente. Sí, sí, sí, sí, sí.
Y entonces ocurre lo inevitable: si nadie pregunta, todo cierra. Si nadie duda, todo parece coherente. Si nadie interrumpe, cualquier dato —comprobable o no— se desliza con la suavidad de lo incuestionable. El problema no es tanto lo que se dice, sino el ecosistema en el que se dice. Porque en ese clima de aprobación automática, hasta la afirmación más endeble adquiere tono de sentencia.
Sí señor. Claro que sí. Totalmente, señor presidente.
Es cierto: cuando el Presidente habla de economía, el terreno se vuelve más resbaladizo para el común de los mortales. No abundan los economistas en la mesa familiar. Pero tampoco hace falta un doctorado para intuir cómo vienen las cosas. La economía, a diferencia de los discursos, tiene la mala costumbre de filtrarse en la heladera, en el resumen del banco, en la billetera virtual. Y ahí, curiosamente, no hay relato que alcance.
Usted es el mejor, señor presidente. Por supuesto que sí.
Por eso resulta curioso —por no decir incómodo— ese desparpajo con el que se tiran cifras, diagnósticos y explicaciones, como si fueran piezas de un rompecabezas ya resuelto. Como si la realidad no estuviera todavía en construcción. Como si el futuro fuera una certeza y no, como siempre, una incógnita con tendencia a sorprender.
Sí, sí, sí. Exacto. No, pero claro.
Pero hay otro detalle que termina de completar la escena. Porque esos mismos entrevistadores —habituales leones de caza cuando el invitado es otro, implacables para cuestionar, señalar y desarmar discursos ajenos—, cuando se sientan frente al Presidente se transforman en otra cosa. Ya no rugen. No interpelan. No incomodan. Se vuelven, de golpe, conejos corriendo felices detrás de una zanahoria.
Sí señor. Tal cual. Como usted diga.
Y lo más curioso es que, con el paso del tiempo, ni siquiera en ese rol parecen estar del todo cómodos. Hay gestos que se escapan, silencios que se alargan medio segundo de más, miradas que no terminan de sostener la misma convicción del “sí” automático. Como si el desparpajo permanente, esa forma de decir cualquier cosa con tono de certeza absoluta, empezara a generar una incomodidad difícil de disimular.
Claro que sí, señor presidente. Impecable.
Y cuando, en algún pasaje, alguien intenta —aunque sea tímidamente— introducir una mínima fricción, hacer una repregunta, tirar de un hilo que podría incomodar, la escena se corrige sola. Como si hubiera un reflejo automático. Como si todos supieran que no hay que dejar que el tren descarrile. Entonces aparecen los gestos de contención, las reformulaciones rápidas, el “no, claro, lo que usted quiere decir es…”, y todo vuelve a su carril.
Sí, sí, sí. Siga, siga.
Es, en el fondo, un ejercicio curioso: no tanto de periodismo, sino de cuidado. Un ensayo casi terapéutico sobre cómo tratar a alguien que no conviene contrariar demasiado. Como si la prioridad no fuera entender, sino evitar que algo se rompa.
Tiene razón, señor presidente. Totalmente.
Porque una cosa es la afinidad ideológica y otra muy distinta es la renuncia total a cualquier forma de criterio. Y ahí es donde el show empieza a mostrar sus costuras. No tanto por lo que se dice, sino por cómo se sostiene.
Sí, sí, sí, sí. Claro.
Después está lo otro, lo más superficial si se quiere, pero no por eso irrelevante: la forma. Esa actitud desaliñada, desprolija, que puede ser parte de un estilo, sí, pero que en ciertos contextos empieza a hacer ruido. No por una cuestión estética menor, sino porque incluso en los trabajos más duros existe una mínima conciencia del lugar que se ocupa.
Por supuesto, señor presidente.
Pero claro, en un entorno donde todo se aplaude, donde todo se valida, donde todo se celebra, también eso deja de importar. Porque cuando nadie marca un límite, ni siquiera lo básico parece necesario.
Sí, sí, sí. Exactamente.
Y entonces volvemos al principio. A esa escena repetida, casi automática, donde uno habla y los demás asienten. Donde el volumen tapa a la duda. Donde la certeza reemplaza a la pregunta.
Sí señor. Así es.
Porque una entrevista sin tensión no es una entrevista: es un monólogo con aplausos de fondo.
Sí, sí, sí.
Y en algún punto, lo preocupante no es que eso ocurra. Es que empiece a parecer normal.
¿Ya se va? Pero quédese un minuto más, señor Presidente.
De chicos nos aconsejaban no discutir inútilmente con personas obstinadas porque “a los locos hay que seguirles siempre la corriente”.
No se crean que no nos dimos cuenta.

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