Hubo un tiempo en que todo era distinto. Los medios de comunicación intentaban comunicar. Intentaban llegar a la gente. Eran días en los que se buscaba entender qué quería leer el público, qué le interesaba, qué le preocupaba, qué lo conmovía.
La opinión era parte del corazón mismo del oficio. Se escribían editoriales, se analizaba la realidad desde distintos ángulos, se proponían alternativas. Se destacaba aquello que podía ser valioso y se cuestionaba, con fundamentos, lo que estaba mal. La palabra —con todas sus limitaciones— todavía conservaba cierto peso.
Quizás no a todos les importaba. Pero importaba lo suficiente como para incomodar a quienes tomaban decisiones. Y eso nunca les gustó demasiado.
Porque siempre hubo funcionarios, dirigentes o simples administradores del poder que miraron al periodismo con desconfianza. Como un enemigo incómodo. Algunos entendían que había que cuidar las formas; otros directamente se excedían. El poder, cuando se contamina, termina viendo a la prensa como una piedra en el zapato.
Para quienes atravesamos redacciones en los años en que internet recién amanecía y la inteligencia artificial era apenas ciencia ficción, había algo fascinante: se aprendía. Mucho. Si eras estudiante, descubrías ahí si realmente servías para esto. Si eras autodidacta, encontrabas una fuente enorme de conocimiento, siempre y cuando tu intención fuera mejorar y dedicarte de verdad al oficio.
No hablo de grandes medios nacionales. Hablo de medios provinciales, locales. De esos que marcaban —para bien y para mal— el pulso de la agenda pública.
Me tocó atravesar distintas épocas. Desde Eduardo Duhalde hasta Alberto Fernández como presidentes. Desde Néstor Kirchner hasta Alicia Kirchner como gobernadores. Desde Juan Carlos Villafañe hasta Pablo Grasso como intendentes. En el medio desfilaron legisladores, concejales, funcionarios y personajes de toda clase. Algunos ya se borraron de mi memoria; otros, por razones difíciles de explicar, siguen ahí.
Con lo bueno y lo malo de estos últimos veinticinco años de periodismo y política, jamás imaginé que iba a sentarme a escribir sobre un tiempo en el que opinar se volvió casi un riesgo. Y mire que el anterior también lo fue.
Porque hoy alcanza con decir algo —por más insignificante que parezca— para que se desate una tormenta de agresiones, operaciones y amenazas ociosas. Opinar con argumentos muchas veces equivale a ofrecerse como blanco para quienes, desde las sombras o desde trincheras ideológicas fragmentadas, creen tener la autoridad moral para descartarte como quien arrastra un archivo a la papelera de reciclaje. Y desde ahí combatir al otro como si esto fuera una guerra donde sólo importa sobrevivir. Aunque enfrente haya alguien armado apenas con palabras, difíciles de comprender si no hacemos el mínimo esfuerzo.
Me tocó escribir editoriales para La Opinión Austral en tiempos en los que había que fijar posición sobre hechos políticos, sociales, policiales, culturales o turísticos. Muchas veces mi mirada chocaba con la línea editorial del medio. Pero el trabajo había que hacerlo y, de algún modo, siempre terminábamos encontrando un punto de equilibrio. No necesariamente el ideal. Pero sí uno posible. Y así como me pasó a mí, les pasó también a muchos compañeros y compañeras. Algunos lo sufrían; otros directamente habían sido contratados para eso.
Pero opinábamos. Con mayor o menor brutalidad. Con más o menos sutileza. A veces con claridad; otras, no tanto. En ocasiones con intuición más que con citas de autoridad. Y también —hay que admitirlo— algunas veces con bastante lucidez. Nunca excelencia. La vara tampoco estaba tan alta. Mucho menos esa elegancia que tienen los grandes maestros del periodismo argentino, fueran conservadores, liberales o progresistas.
Aun así, lo hacíamos. Y en ese sentido siempre voy a agradecerle —aunque nunca se lo dije personalmente— a Mabel Segovia (una de las ex propietarias) la posibilidad de haber ejercitado esa parte del oficio.
Porque incluso el editorial más pequeño generaba algo del otro lado. Siempre había alguien leyendo. Siempre había alguien incómodo. Y aunque durante años se habló de pauta, intereses y presiones, dentro de las redacciones sabíamos perfectamente que cualquier palabra podía provocar una reacción.
Hay funcionarios cuya existencia parece resumirse en eso: defender más de la cuenta. Ser más papistas que el Papa. Incluso cuando nadie les pide que salgan a defender nada.
Me queda mucho por decir, pero hoy prefiero detenerme acá.
Escribo esto porque amanecí con una idea fija dando vueltas en la cabeza: no hay que dejar de decir lo que pensamos. Quienes seguimos trabajando en este oficio cada vez más precarizado, golpeado y desacreditado, necesitamos encontrarnos de alguna manera. Aunque sea desde el desencanto.
Y aun así, seguir adelante. Defender el espacio que cada uno construyó. Entendiendo, además, que equivocarse también forma parte de la condición humana.
Pero hay algo que no deberíamos permitir: que quienes vienen ocupando espacios en ciertos medios de comunicación nos sigan vendiendo gato por liebre.
A propósito, la única liebre que hoy banco, es Liebre TV.
Suscríbase usted también.

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