Recordando a Chris Cornell: cantar desde el abismo y la fragilidad


El video de Black Hole Sun era algo bastante parecido a una pesadilla. Sonrisas distorsionadas y cielos que se tragaban todo, gestos exacerbados que te dejaban pensando un largo rato. Pero lo que realmente perturbaba, ahora que lo pienso, no era la imagen: era esa voz que no terminaba de llegar ni de romperse. Cuando empezó a rotar en MTV a principios de los noventa, quedó claro que Chris Cornell no cantaba como los demás, cantaba desde otro lugar.

Nacido en Seattle, fue uno de los pilares del grunge y líder de Soundgarden, una banda que ayudó a definir el sonido de una generación sin caer nunca en la comodidad de repetir fórmulas. En discos como Superunknown, Cornell no solo cantaba: tensionaba cada nota hasta el límite, como si en ese esfuerzo estuviera en juego algo más que la música. Su registro amplio, potente, pero también vulnerable, lo colocó rápidamente en un lugar aparte dentro del rock de los noventa.

Pero reducirlo al grunge sería quedarse corto. A comienzos de los 2000, volvió a sorprender al formar Audioslave junto a miembros de Rage Against the Machine. Allí, Cornell encontró otra forma de intensidad: más directa, más visceral en su pulso instrumental, pero siempre atravesada por esa voz que podía ser un grito o una plegaria. Canciones como Like a Stone o Cochise muestran esa dualidad: la energía de una banda al borde de estallar y, al mismo tiempo, una introspección casi espiritual.

Su carrera solista fue, quizás, el espacio donde más se permitió explorar. Desde la crudeza acústica hasta producciones más experimentales, Cornell nunca dejó de buscar. Sus versiones de clásicos —como su desnuda e inquietante lectura de Billie Jean de Michael Jackson, o su interpretación de Nothing Compares 2 U— no eran simples homenajes: eran relecturas cargadas de una melancolía propia, como si cada canción pasara por un filtro íntimo antes de volver al mundo. A eso se suma un dato que dice mucho sobre su alcance: fue el primer artista occidental en grabar el tema de una película de James Bond —You Know My Name, para Casino Royale en 2006—, un encargo que en otras manos podría haber sonado a concesión comercial y que en las suyas sonó, inevitablemente, a Cornell.

Hablar de él es también hablar de una presencia escénica difícil de reemplazar. Había algo atrapante en su forma de habitar el escenario: no era solo técnica o potencia, era una manera de decir cada palabra como si importara de verdad. Y eso, en un universo donde muchas veces el exceso termina vaciando el sentido, no es menor.

Años después de su partida (18 de mayo de 2017), sus interpretaciones están ahí, vigentes y a disposición de quien tenga ganas de descubrir (o redescubrir) a un artista de rock auténtico, que partió cuando cualquiera de nosotros podía imaginar que estaba para seguir emocionando y sorprendiendo todavía más.



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