En el boxeo hay campeones que acumularon muchos títulos a lo largo de su carrera, aunque también otros que mucho no ganaron, pero que, sin embargo, se metieron como pocos en el corazón de la gente para siempre. Ringo fue de esos, de los que a veces duran más. Fue, por lo que cuentan crónicas de la época y tantas historias que se construyeron a su alrededor, uno de esos tipos que daba la sensación de que cada vez que aparecía, algo iba a pasar.
Nació en Parque Patricios, por eso también fue hincha de Huracán. De hecho, uno de sus primeros trabajos fue como vendedor de Coca-Cola en el estadio Tomás Ducó. Pero Oscar con el tiempo se volvió Ringo, y Ringo terminó siendo una manera de hablar, de pararse, de exagerar. Entendió antes que muchos que el ring no empezaba con la campana. Empezaba cuando abría la boca. Provocaba, desafiaba, hacía reír. Decía cosas que parecían chistes y quedaban como pequeñas verdades incómodas. O también se le animaba a las frases que después se transformaron en célebres: “La experiencia es un peine que te regalan cuando te quedás pelado”, por ejemplo.
No era una frase de filósofo. Era mejor: era una frase de vestuario, de café, de tipo que aprendía a los golpes y después lo contaba.
Arriba del ring, mientras tanto, era serio. Mucho más serio de lo que su personaje dejaba ver. Eso es lo que algunos dicen. Aguantador, frontal, sin cálculo. No fue campeón del mundo, pero peleó como si lo fuera. Y eso, en un peso pesado argentino de los años sesenta, ya era una forma de desobediencia.
La noche contra Muhammad Ali en el Madison Square Garden lo terminó de ubicar en el mapa grande. Ali era el mundo; Ringo, casi una anomalía. Habló, provocó, molestó. Y cuando sonó la campana, hizo lo que pocos: resistió, incomodó, obligó al campeón a tomárselo en serio. No ganó. Pero durante varios asaltos pareció posible otra historia. Y eso, a veces, pesa más que el resultado. Y también a partir de esa memorable pelea comenzaron a tejerse historias inspiradoras tanto para el cine como para la literatura deportiva.
“Cuando suena la campana te quedás solo”.
Ahí, tal vez, estaba todo. El show afuera, la soledad adentro.
Ringo nunca separó del todo esas dos cosas. Vivía como peleaba: sin retroceder, sin medir demasiado las consecuencias. La televisión, las canciones, los bares, las noches interminables. Era un personaje antes de que el término sea lo que hoy representa. Pero también era un hombre que no siempre encontraba la salida de ese personaje.
Con el tiempo, el ring empezó a correrse. Aparecieron otros cuadriláteros, más oscuros y lúgubres. Negocios dudosos, vínculos muy peligrosos, decisiones tomadas en ese borde donde la fama se mezcla con la necesidad. Y entonces la historia, que hasta ahí parecía escrita con ruido y aplausos, empezó a volverse triste y angustiante.
El 22 de mayo de 1976, en Nevada (EEUU), lejos de Buenos Aires y de cualquier esquina que lo reconociera, Ringo Bonavena cayó bajo los disparos de un custodio ligado al entorno de Joe Conforte, dueño del Mustang Ranch, la mafia siciliana. Tenía 33 años. Las versiones hablaron de celos, de disputas, de contratos, de una mujer en el medio. Pero nunca terminó de despejarse del todo esa sensación de que había algo más, como si la historia se hubiera cortado antes de explicarse.
Y entonces pasó lo que suele pasar en nuestro país con ciertos personajes entrañables: pasó a convertirse prácticamente en un mito, en una leyenda. Con miles de seguidores yéndolo a despedir al cementerio.
Porque Bonavena no fue el mejor. Fue otra cosa.
Fue el tipo que hablaba como la gente y se plantaba frente a gigantes. El que exageraba para hacerse lugar. El que parecía inventarse cada noche y pagar al día siguiente el precio de esa invención.
Por eso vuelve, por eso cada tanto siempre se lo recuerda. No hay que hacer mucho esfuerzo para eso. Supo transmitir lo que pocos, y por eso también quedó en la memoria colectiva.
Yo no era amante del boxeo. Nunca lo fui. Sin embargo, de chico leía artículos sobre él en las viejas revistas El Gráfico. Esas historias que se contaban, de la manera que eran narradas, me resultaban sencillamente fascinantes. Y por eso el recuerdo. Además, el afiche de esa pelea con Ali debe ser uno de los más icónicos que se recuerden.
Afuera, la noche cae como siempre. Hay bares que ya no están, luces que cambiaron, nombres que se olvidaron. Pero en ese fondo medio gastado de ciudad, donde el recuerdo se mezcla con el humo y con lo que nunca terminó de cerrarse, Ringo todavía camina. No como campeón. Como personaje.
Como esos tipos que, aun después de la última campana, siguen peleando en la memoria de los otros.


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