La provincia de Santa Cruz atraviesa un momento de marcada incertidumbre, con un gobierno que no logra encontrar el rumbo frente a una crisis que, lejos de estabilizarse, se profundiza. A casi tres años de la victoria electoral de Claudio Vidal en 2023, las expectativas de cambio conviven hoy con una realidad atravesada por el desgaste, la falta de definiciones y un creciente malestar social.
El eje más sensible pasa por los trabajadores estatales, columna vertebral de la economía provincial, que continúan sin una política clara de recomposición salarial. Aunque desde el propio gobierno se dejó trascender semanas atrás que las paritarias podrían abrirse hacia mediados de mayo, lo cierto es que aún no existe ningún anuncio oficial.
Pero el problema ya no es solo la demora. Tampoco hay demasiadas expectativas. En un contexto de pérdida sostenida del poder adquisitivo, incluso la eventual reapertura de la discusión salarial aparece lejos de garantizar una recomposición real. La negociación, en todo caso, llegaría tarde y con un margen acotado, mientras el malestar se profundiza y se traduce en medidas de fuerza de docentes, trabajadores de la salud, viales, judiciales y otros sectores del Estado.
También hay un dato que agrava aún más el cuadro y que comienza a emerger con fuerza: el nivel de endeudamiento de los trabajadores públicos. En una provincia donde gran parte del consumo está sostenido por el salario estatal, la caída del poder adquisitivo empujó a miles de familias a financiar gastos corrientes con crédito. El resultado es una situación inédita, con niveles de morosidad que ya no responden a casos aislados, sino a un fenómeno extendido.
En ese marco, el propio gobierno de Claudio Vidal anunció recientemente, junto al Banco Santa Cruz, un esquema para que los trabajadores más endeudados puedan regularizar sus obligaciones. La medida fue presentada como una herramienta de alivio, pero al mismo tiempo deja al descubierto la magnitud del problema: el salario ya no alcanza, y el sistema financiero termina funcionando como sostén precario del consumo cotidiano.
Si bien la morosidad no es un fenómeno nuevo en la provincia, el escenario actual presenta características distintas. La combinación de salarios deteriorados, inflación persistente, altas tasas de interés, y falta de respuestas estructurales configura un cuadro difícil de proyectar. No está claro hasta dónde puede escalar esta dinámica ni cuáles serán sus consecuencias en el corto y mediano plazo.
En este contexto, la figura del gobernador aparece desdibujada, con escasa presencia pública frente a conflictos que impactan de lleno en la vida cotidiana de miles de familias. La falta de conducción se vuelve aún más evidente en un escenario nacional adverso, marcado por la recesión, la caída de la actividad y la reducción de recursos hacia las provincias.
El contraste con las promesas iniciales resulta inevitable. Tras su triunfo en 2023, Vidal había anticipado la conformación de equipos técnicos calificados y una serie de transformaciones orientadas a mejorar el funcionamiento del Estado. Sin embargo, a casi tres años de aquel momento, los resultados son difíciles de identificar: no hay mejoras sustanciales en la calidad de los servicios ni en el ingreso de los trabajadores.
Los acuerdos con sectores estratégicos como el petrolero y el minero aparecen como una posible vía de recuperación en el mediano plazo. Sin embargo, se trata de procesos que requieren tiempo y estabilidad, dos variables que hoy escasean frente a una sociedad que enfrenta urgencias concretas.
Así, la gestión provincial parece atrapada entre un presente cada vez más complejo y un futuro que no termina de delinearse. El malestar crece incluso entre quienes impulsaron el cambio político en 2023, mientras se profundiza la sensación de desconexión entre el gobierno y una ciudadanía que empieza, nuevamente, a perder expectativas.
Por no decir otra cosa.

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