Se cumplen dos años de la muerte del gran Javier Martínez

Manal

Baterista, cantante, compositor, pero sobre todo narrador de un clima, Javier Martínez fue una de las piezas centrales del rock argentino que asomó su cabeza al mundo hacia finales de la década del 60, junto a ese triángulo irrepetible que completaban Claudio Gabis y Alejandro Medina en Manal. Martínez irrumpió en la escena cuando el rock local todavía buscaba su manera de contar las cosas. Y ellos decidieron hablar en lunfardo, en formato de blues y desde la calle.

Martínez era, en esencia, un poeta urbano. No en el sentido solemne del término, sino en esa capacidad de captar una escena mínima y volverla universal. En canciones como Jugo de tomate frío o Avellaneda Blues, la voz no se imponía: narraba. Había en su manera de decir una forma de mirar el mundo, con cierto desencanto pero también con precisión poética. La ciudad —sus ritmos, sus derrotas— encontraba en sus letras una especie de crónica anticipada.

Esa condición también le permitió trascender generaciones. Por ejemplo, Una casa con diez pinos (editada en 1970) cobró nueva vida cuando Pappo decidió incluirlo en su repertorio del disco Blues Local casi veinte años después, acercando esa sensibilidad a otros públicos, en otro tiempo, con otra energía pero con la misma raíz.

En ese sentido, Manal no sólo fue una banda: fue una forma de entender el rock como registro de época. Mientras otros exploraban la psicodelia o la canción más lírica, Martínez y compañía bajaban a la vereda. El blues que hacían no era una copia: era una traducción. Y en esa traducción, Buenos Aires empezaba a sonar como propia.

Esa vigencia tuvo, incluso, un eco reciente. El año pasado, canciones como No pibe y Jugo de tomate frío encontraron una nueva ola de oyentes al ser incluidas en la banda sonora de El Eternauta, compartiendo espacio con nombres como El Reloj y Billy Bond. Una confirmación de que aquel pulso urbano, aquel modo de contar, sigue dialogando con el presente.

Después de la disolución del grupo, Martínez siguió tocando, escribiendo, pensando la música desde un lugar siempre personal, a contramano de las modas. Nunca buscó acomodarse del todo en el panteón de los próceres del rock nacional, aunque su nombre esté, sin discusión, entre los fundacionales. Tal vez porque su obra no se deja domesticar fácilmente: tiene algo áspero, algo que incomoda, algo que no termina de cerrarse.

A dos años de su muerte, si estás dispuesto, volver a Martínez implica recuperar cierta atención por el detalle, por el ritmo interno de las cosas, por esa manera de decir sin apuro pero con decisión.

Quizás ese sea su legado más persistente: haber entendido que el rock también podía ser una forma de contar lo que pasa, sin grandilocuencias, con la precisión de quien mira alrededor y toma nota. Como si cada canción fuera, en el fondo, una aguafuerte urbana con pulso de blues.

Y entonces no es raro que, dos años después, suene todavía actual. Porque hay músicos que hacen época, y otros —como Javier Martínez— que la siguen contando incluso cuando ya no están.

* Escuchá la versión en vivo de Una casa con diez pinos subido recientemente al canal de YouTube del grupo



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