Breve historia mundialista. “Malditos holandeses”


Ya sin Maradona como jugador emblema, el Mundial de 1998 tenía buena pinta de todos modos. No había una figura capaz de cargar sobre los hombros el peso de toda una ilusión, pero tampoco hacía falta exagerar la cosa. Estaban Batistuta, Crespo, la Brujita Verón, Almeyda, Ortega, Zanetti, el Piojo López. Todos atravesaban buenos momentos. No teníamos a Diego, pero teníamos con qué ilusionarnos.

Era el Mundial de Francia, el de Passarella sentado en el banco con gesto adusto junto a Sabella como ayudante. La primera fase pasó casi sin sobresaltos. Japón nos hizo sufrir un poco en el debut, pero después todo pareció acomodarse. Ganamos los tres partidos y avanzamos con esa sensación de equipo serio que no muchas veces transmite la Selección.

Claro que en octavos apareció Inglaterra.

Nunca está bueno cruzarse con Inglaterra. No importa el año. No importa la instancia. No importa quién tenga mejor equipo. Nunca está bueno. Solamente una vez fue sublime, ya lo sabemos, pero después no tanto. Para ninguno de los dos seleccionados.

Aquel partido fue una locura. Michael Owen se presentó ante el mundo como un fenómeno justamente contra nosotros. Y del otro lado apareció Carlos Roa, enorme, sosteniendo al equipo y terminando convertido en héroe de una tanda de penales que todavía hoy muchos recuerdan.

Después vino Holanda. O Países Bajos, como corresponde decir ahora. Otro clásico a esta altura también. Tenían a Van Der Sar, a los hermanos De Boer, a Edgar Davids, a Kluivert y a Dennis Bergkamp. Un equipazo. Pero también parecía un rival ganable. De hecho, ellos seguramente pensaban lo mismo de nosotros.

Los que recuerdan aquel partido suelen quedarse con el cabezazo de Ortega al arquero. Y es lógico, porque quedó como algo memorable. Lo que de repente se escapa de la memoria es que no fue expulsado por ese cabezazo sino por haber simulado una falta adentro del área buscando el penal. Ortega era un gran jugador, pero desgraciadamente también muy famoso por simular faltas.  Pero Argentina estaba jugando con un hombre más tras la expulsión de Numan y, de repente, a partir de esa “picardía” innecesaria, Orteguita terminó emparejando las cosas. Durante años el reproche giró alrededor de esa conducta.

Pero en mi casa, curiosamente, lo que quedó grabado fue otra cosa.

Al ser cuatro hermanos, y como ocurría en tantas familias, mis viejos lo veían por un lado y nosotros por el otro, generalmente amontonados frente al televisor. Habíamos gritado el gol del “Burru” contra Alemania en el 86 hasta quedarnos afónicos; el de Caniggia a Brasil como si fuera el de una final. Habíamos festejado campeonatos de Boca, sufrido derrotas absurdas y llorado por Maradona. Para entonces ya sabíamos que el fútbol podía regalar alegrías inmensas pero también desilusiones difíciles de explicar.

Uno de mis hermanos mayores acababa de conseguir un trabajo muy bueno. Tan bueno que incluso lo habían mandado al exterior para capacitarse. Para un pibe joven y soltero era el sueño completo: buen sueldo, posibilidades de crecer y cierta independencia económica que en aquellos años no abundaba.

Claro que tenía su costo. Siete días de trabajo lejos de casa y siete días de descanso.

Pero volviendo al partido.

Cuando Bergkamp recibió aquel largo pase que Ayala no alcanzó a interceptar, y la bajó de manera perfecta para definir cruzado ante Roa faltando nada para el cierre, el golpe fue duro. Muy duro.

Un puñado de minutos después llegó el final y la frustración. Hubo insultos frente al televisor. Bronca. Hubo silencio y todas esas cosas que suelen aparecer cuando un Mundial termina antes de lo esperado, o lo querido. Y sobre todo porque pensábamos que se podía haber hecho algo más para ganar ese encuentro. Pero eso es otra historia.

El caso es que en medio de la calentura, Martín y Raúl agarraron sus cosas y se fueron apurados con destino a ese local de venta de electrodomésticos tan popular que quedaba en calle Alberdi y que cerró sus puertas hace unos años. La decisión se tomó ahí, de calientes, casi ni recuerdo cómo fue. A Martín siempre le gustó el fútbol, a Raúl no tanto. Pero eso que se venía sí que le interesaba un poco más. Así que todo fue una respuesta básicamente emocional a la amargura del momento. Si el Mundial se había terminado, había que encontrar otra cosa para entretenerse o en la que meter la cabeza y olvidarse.

Así que al rato volvieron con una PlayStation para los hermanos, y algún otro moderno artefacto para mamá, porque algo había que traerle también.

La primera Play. Justo cuando empezaba a hacerse popular porque ya se podía chipear y conseguir juegos por todos lados. Si bien había salido algún tiempo antes ese fue el año en que se popularizó en nuestro país. Porque además se había vuelto “accesible”. 

No recuerdo cuánto tiempo hablamos aquella noche de la torpe jugada de Ortega ni del gol de Bergkamp. Lo que sí recuerdo es que la derrota empezó a quedar atrás lentamente, entre cables, controles y la ansiedad por probar los primeros juegos.

Con los años entendí que muchas veces la memoria funciona así también, y que los historiadores del fútbol recordarán a Bergkamp, la expulsión de Ortega, y el planteo táctico del siempre polémico Passarella. En cambio los hinchas recordaremos con desazón ese partido.

Pero además, en mí caso, cuando pienso en Francia 98, me transporto a una noche de invierno, en la que cuatro hermanos se vieron por primera vez experimentando en una PlayStation que vino a alegrarnos y entretenernos por largo tiempo a partir de entonces. 

Y sobre todo recuerdo el Winning Eleven, con el que nos vengamos varias veces de aquellos malditos holandeses.


Publicar un comentario

4 Comentarios

Últimas Publicaciones

Cargando contenido...