Llegar a México 86 fue un parto.
Las eliminatorias de aquellos años eran otra cosa. Nada de largas competencias donde un tropiezo podía corregirse algunas fechas después. Eran grupos cortos, partidos ásperos y márgenes acotados. Un paso en falso te dejaba mirando el Mundial por televisión. Algunos encuentros ni siquiera parecían partidos de fútbol. Eran combates. Batallas cuerpo a cuerpo.
Y así fue aquel Perú de 1985.
Los peruanos tenían un equipo duro, experimentado, y un defensor que quedó inmortalizado en la memoria futbolera por una sola misión: perseguir a Diego Maradona. Sí, estamos hablando de Reyna.
Quienes recuerdan aquel partido en Lima saben también del castigo. Pensaron para Maradona una marca personal que, de tan personal, podría haberse llamado "la siamesa". Reyna prácticamente no se le despegó durante noventa minutos. Las estadísticas hablan de nueve foules. La memoria habla de muchos más. De empujones, agarrones, pequeños golpes y obstáculos permanentes. De todo aquello que no siempre sanciona el árbitro pero que va desgastando a cualquier jugador.
Perú ganó 1 a 0 y la clasificación quedó abierta para la revancha en el Monumental.
Entonces llegó el gol de Gareca.
Un gol agónico, sufrido, de esos que se gritan tanto como un campeonato. El empate 2 a 2 clasificó a la Argentina y dejó a Perú afuera. Recién entonces el equipo de Bilardo consiguió el pasaje a México.
Pero llegó sin despertar demasiadas ilusiones. Ni antes de Perú, ni después.
Todos sabíamos que teníamos a Maradona. El problema era que parecía no alcanzar. Bilardo tenía defensores apasionados de sus planteos, y detractores furiosos. Si hubiese sido adulto (tenía apenas 11 años), seguramente iba estar entre los del segundo grupo. La selección no jugaba bien, para qué decir lo contrario. No enamoraba. No transmitía nada parecido a la confianza. Podía perder contra cualquiera y, como descubriríamos después, también podía ganarle a cualquiera.
Lo que sí sabemos es que México 86 terminó siendo el Mundial de Diego. Nadie en el mundo duda eso.
Fue el mes en que el Diez iluminó todo.
El mes en que nosotros, los patagónicos bien patagónicos, encontramos calor en medio del invierno que se acercaba. Recuerdo cómo la ilusión fue creciendo partido tras partido. No ocurrió de golpe. Fue como quien va despacio porque no quiere chocar de repente contra una pared. Cada encuentro parecía mostrar una selección más sólida y convencida de sí misma.
Hasta que llegaron los ingleses.
Y Maradona hacía que todo pareciera sencillo. La mano, la jugada del Gol de los Mundiales. Todo en uno, para que no queden dudas de qué tan grande era su figura.
Para quienes empezábamos a jugar a la pelota era imposible no intentar copiarlo. No importaba si uno era derecho o zurdo. Salías al patio convencido de que la magia podía repetirse. En mi caso, con una pelota de trapo y dos palos clavados en la tierra haciendo de arco, arrancaba la jugada desde cualquier rincón. La llevaba pegada al empeine izquierdo, esquivaba rivales imaginarios, dejaba atrás al arquero y empujaba la pelota hacia la red. Luego levantaba los brazos y miraba al cielo en señal de agradecimiento.
Durante unos segundos era Maradona. Y eso me alcanzaba para ser el pibe más feliz del mundo. Y seguramente no era el único. Estoy convencido que éramos miles. Qué miles. ¡Éramos millones en todo el mundo haciendo lo mismo durante esos días!
Porque Maradona invitaba a soñar.
Era poesía cuando el fútbol parecía puro esfuerzo físico. Era arte cuando todo alrededor era sacrificio. Era ese fenómeno inexplicable que se te metía en el cuerpo y te hacía creer que algo extraordinario estaba por ocurrir.
Irrenunciable.
Siempre fui maradoniano.
Y quizá desde aquellos días lo fui para siempre.
A sabiendas de que seguir a Maradona no significaba solamente acompañar la felicidad. También implicaba convivir con la decepción, la contradicción y la tristeza.
Aun así, después de tantos años, lo sigo eligiendo.
Y lo sigo eligiendo por eso que les contaba: porque en la vida hay pocas cosas tan lindas como que alguien te invite a soñar, aunque solo tengas una pelota de trapo.

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