Hay declaraciones que no deberían naturalizarse. No porque resulten incómodas, ni porque desafíen una corrección política supuestamente exagerada. No deberían naturalizarse porque revelan una forma de pensar profundamente peligrosa.
Los dichos del cineasta Diego Recalde sobre el femicidio de Agostina Vega provocaron rechazo inmediato. Y era inevitable. Hablar de una adolescente de 14 años asesinada y deslizar interpretaciones sobre sus movimientos corporales, sobre una supuesta "soltura" o incluso sobre si un cuerpo tiene o no un "tránsito distinto a un cuerpo virgen", no es un simple error de expresión. Es ingresar en un terreno donde la víctima deja de ser víctima para convertirse en objeto de análisis y sospecha.
Resulta imposible no preguntarse qué pasa por la cabeza de quienes elaboran semejantes razonamientos. Porque detrás de cada frase existe una mirada sobre el mundo. Y cuando esa mirada aparece una y otra vez vinculando la conducta de una mujer, de una adolescente o de una niña con la violencia que sufrió, estamos frente a algo mucho más serio que una opinión desafortunada.
Durante años la sociedad intentó comprender que ningún comportamiento, ninguna vestimenta, ninguna actitud y ninguna forma de caminar explican ni justifican un crimen. Sin embargo, cada tanto reaparecen discursos que parecen sacados de otro tiempo. Discursos que huelen a humedad, a prejuicio viejo, a una cultura que siempre buscó explicaciones en las víctimas antes que en los victimarios.
Lo más inquietante quizás no sean siquiera las palabras de Recalde. Lo más inquietante es la familiaridad con la que aparecen. La ausencia de filtros. La tranquilidad con la que determinadas figuras públicas expresan ideas que hace no tanto tiempo habrían generado un repudio unánime.
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿dónde están los límites morales? Porque la libertad de expresión es un valor fundamental en cualquier democracia, pero no puede convertirse en una coartada para decir cualquier cosa sobre cualquier persona, mucho menos sobre una menor asesinada.
También cabe preguntarse por qué el repudio parece cada vez más débil. Por qué ciertas declaraciones generan apenas unas horas de indignación en redes sociales para luego desaparecer bajo la próxima polémica del día. Como si nos estuviéramos acostumbrando. Como si la capacidad de asombro frente a determinadas barbaridades se hubiera ido erosionando lentamente.
Tal vez el problema sea precisamente ese. Que hemos comenzado a convivir con discursos que antes resultaban inadmisibles. Que la provocación permanente terminó desplazando cualquier noción de responsabilidad pública. Que algunos descubrieron que cuanto más escandalosa es una declaración, mayor es la atención que reciben.
Pero hay temas frente a los cuales no debería existir especulación posible. Una adolescente asesinada merece justicia, respeto y memoria. No interpretaciones sobre cómo caminaba, cómo se movía o qué señales podía transmitir.
¿Por qué tanto cuesta a determinadas personas, incluidos periodistas, poner la lupa sobre el femicida en lugar de la víctima? ¿Qué los lleva a ese costado? ¿Nada más que su retorcida existencia o búsqueda de rating y likes?
Si quienes piensan de esta manera son las voces que encuentran lugar en las cercanías del poder, entonces el problema ya no es solamente lo que dijo Diego Recalde. El problema es qué clase de sociedad se está legitimando cuando semejantes ideas dejan de generar vergüenza y comienzan a ser toleradas como una opinión más entre tantas otras.

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