Si los políticos fueran honestos


Llovía con ganas aquella tarde de agosto. Yo caminaba rápido, esquivando charcos, con una carpeta bajo el brazo y una tarea bastante más ingrata que escribir: salir a buscar publicidades. Algo así como el fantasma que tarde o temprano visita a todo periodista “independiente”.

Pero no era para cualquier publicación. El suplemento se llamaba La D-Menta y salía los viernes con La Opinión Austral. Éramos jóvenes, teníamos más preguntas que certezas y estábamos a punto de cumplir nuestro primer año. Para celebrarlo habíamos organizado un concurso literario que había tenido una respuesta muy buena. Ya teníamos jurado y estábamos por comenzar la selección. Nos faltaba lo único que casi siempre falta: dinero para los premios.

De ahí la carpeta bajo el brazo. De ahí tener que soportar como sea la lluvia.

Semanas antes había publicado un artículo titulado exactamente igual que esta nota: Si los políticos fueran honestos. No nombraba a nadie particularmente. No hacía falta. Estábamos en medio de un clima espeso a nivel nacional, de sospechas reiteradas como para ser casuales, de esa sensación instalada de que la política prometía una cosa y hacía otra. Eran tiempos del escandaloso episodio de la llamada “Banelco”, que todavía era tema de conversación en todos lados. Yo estaba hastiado. Por eso escribí ese artículo, porque ese había sido el disparador.

Entré a la librería casi por inercia. Era la más tradicional de la ciudad. Me acerqué al mostrador, expliqué lo del suplemento, el concurso, la posibilidad de sumar un auspiciante para eso. El empleado me escuchaba con atención, hasta que desde el fondo se escuchó una voz.

No la vi venir.

Era la dueña.

No recuerdo si en ese momento yo sabía exactamente quién era ella. Probablemente no —era bastante pibe y el mapa fino de las relaciones locales todavía me quedaba grande. Pero ella se ve que había leído ese artículo que fue publicado y entonces caí como chorlito.

No me levantó la voz, pero tampoco habló con serenidad. Y palabras más, palabras menos, me dijo que su marido (por entonces senador) no tenía nada que ver con todo eso que se insinuaba en el ambiente. Que no era justo lo que le estaban haciendo. Que no correspondía. Que generalizar también era una forma de hacer daño.

Yo atiné a defenderme sin demasiada estrategia. Es que no me la esperaba. Pero le dije que no había dado nombres. Que el artículo no apuntaba a nadie en particular, que eso quedaba claro. Pero también le aclaré que había escrito lo que sentía y que así me parecía era la cosa. No tenía más nada para decirle.

Ella siguió defendiendo su postura con firmeza, nunca se desbordó. Sin embargo, hoy creo que cada frase cargaba con algo que venía de antes, de lecturas, de comentarios, de un cansancio propio. En algún punto dejé de entender que me estaba discutiendo un texto. Casi estaba haciendo una catarsis conmigo a partir de las consecuencias de los días que transitaba y de las cosas que se decían más allá de un artículo publicado en un medio local.

Así que hice lo único que podía hacer: quedarme calladito y escuchar. Y escuchar en serio, porque no fue corto el asunto.

Cuando terminó, el silencio no dejaba lugar para nada más. Así que lo único que me salió decir fue: “bueno, está bien”, y me di vuelta buscando la puerta. Ya estaba en retirada cuando su voz volvió a aparecer, pero esta vez con tono diferente.

—Espere, me dijo.

Me frené pero sin ganas de seguir soportando. Además, la situación me había dejado bastante nervioso. Había gente en el negocio que miraba como de reojo. Sentía incomodidad, esa era la verdad.

—Usted se quedó y me escuchó. Eso se lo agradezco. Y quiero colaborar con el concurso.

No hubo abrazo, ni acuerdo, ni reconciliación. Pero sí algo que con el tiempo aprendí a reconocer: un gesto de esos que no tienen nombre fácil y que, justamente por eso, pesan.

Pasaron más de veinte años del episodio que cuento.

Muchas de aquellas intuiciones sobre la política encontraron nuevas razones para sostenerse. Los nombres cambian, los discursos se reciclan, las promesas se ajustan a la época. Y sin embargo siempre persiste, con insoportable impunidad, esa distancia entre lo que se anuncia y lo que finalmente ocurre. 

Podría volver a escribir aquel artículo casi sin modificarlo, con sus errores ortográficos y sentimientos todavía imberbes.

Pero ya sé que cada generalización, por más justificada que parezca, cae en algún lado. Y que del otro lado hay personas con sus propias batallas, sus propias defensas y sus propias formas de decir lo que sienten.

La señora de la librería tenía razón en lo suyo. Yo en lo mío.

Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. 

Aunque intuyo que ella también, en algún punto de su existencia, sentía lo mismo que yo sentí al escribir ese artículo.


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