Tranquilos, ya sabemos lo poco que ganamos


Hay una pregunta que aparece todo el tiempo en diarios, portales y redes sociales. A veces cambia el oficio, pero la estructura es siempre la misma: cuánto gana una empleada doméstica, cuánto cobra un playero de estación de servicio, cuál es el sueldo de un cajero de supermercado, cuánto percibe un repositor. En fin, ya se imaginará usted en lo que ando pensando.

La información se presenta como un servicio. Y en parte lo es. Después de todo, millones de personas necesitan saber cuáles son los salarios vigentes. Pero la repetición casi obsesiva de estas notas termina revelando algo más interesante que el dato mismo.

Sabemos cuánto gana quien limpia una casa ajena. Sabemos cuánto cobra quien pasa ocho horas entre góndolas acomodando productos. Sabemos cuánto percibe quien trabaja de madrugada cargando combustible, por ejemplo, durante las heladas del invierno patagónico. Lo sabemos con precisión. Lo que sigue siendo bastante más difícil de averiguar es cuánto gana el dueño de una estación de servicio, cuánto el de una gran cadena comercial o cuánto patrimonio acumulan algunos de los principales actores económicos de nuestro país.

Es una curiosa distribución de la transparencia. Los ingresos de quienes viven de su trabajo parecen pertenecer al dominio público. Los ingresos de quienes viven de la renta, la propiedad o la acumulación de riqueza suelen aparecer envueltos en una niebla de privacidad, reserva o discreción bien digitada. Y eso que necesitan del laburante para alcanzar ciertos "excedentes" en sus ganancias.

Hay, desde luego, una explicación práctica para parte de este fenómeno. Internet vive obsesionada con los salarios porque los salarios generan tráfico. Es decir, miles de personas buscan todos los días cuánto gana una empleada doméstica, cuánto cobra un playero o cuál es el sueldo de un repositor. Son consultas masivas, periódicas y fáciles de responder. Cada actualización salarial garantiza una nueva oleada de clics y una nueva nota lista para ser publicada. Lo que todavía no parece haber descubierto es cómo convertir en tendencia la pregunta relacionada con quién se queda con la mayor parte de las ganancias.

Sin embargo, hay una explicación adicional. Los trabajadores son millones. Las empleadas domésticas, los cajeros, los playeros, los repositores forman parte de la vida cotidiana de la sociedad. Es lógico que exista interés por conocer sus salarios. Los grandes propietarios, en cambio, son contados con los dedos de las manos de los habitantes de alguna pequeña localidad. Y estoy siendo generoso.

Desde la lógica del tráfico digital, la diferencia entonces es comprensible. El problema es que el interés masivo y la importancia pública no siempre coinciden. Una cosa es aquello que genera búsquedas. Otra cosa es aquello que ayuda a comprender cómo funciona una economía.

Porque el salario de un repositor afecta directamente la vida de ese repositor y de su familia. Pero las decisiones de quienes controlan grandes empresas, cadenas comerciales o grupos económicos pueden afectar simultáneamente la vida de millones de personas.

La paradoja es notable: los salarios generan más clics porque involucran a mucha gente. La concentración de la riqueza genera menos clics porque involucra a muy poca. Sin embargo, son precisamente esos pocos quienes suelen tener una capacidad mucho mayor para influir sobre los precios, los mercados, las inversiones y las condiciones generales en las que trabajan todos los demás.

Pero la ironía alcanza niveles admirables.

Es que, además de todo, parece existir una enorme necesidad social de controlar cuánto gana quien trabaja y una notable resistencia a conocer cuánto ganan quienes administran, poseen o concentran. Del trabajador conocemos el salario bruto, el neto, los adicionales y las escalas. De los poderosos solemos conocer discursos y hasta sus ambiciones.

Y sin embargo son estos últimos quienes tienen una capacidad infinitamente mayor para influir sobre los precios, las inversiones, los mercados, los salarios e incluso las decisiones políticas. Ellos -los trabajadores- no definen la inflación, no deciden las estrategias comerciales, no fijan el precio del combustible, no diseñan la política económica. Pero son ellos quienes aparecen una y otra vez bajo la lupa.

Como si el problema estuviera siempre en el último eslabón de la cadena. Como si el salario de quienes trabajan fuera un asunto de interés general y la riqueza de quienes concentran recursos fuera un detalle privado.

Hay algo profundamente revelador en esa mirada. Porque las sociedades no solo distribuyen riqueza. También distribuyen atención. Deciden qué merece ser observado y qué puede permanecer oculto. Y desde hace tiempo parece que observamos con lupa a quienes menos poder tienen mientras miramos con indulgencia a quienes más capacidad poseen para influir sobre la realidad económica.

Quizás por eso resulta tan frecuente encontrar notas que explican hasta el último centavo que cobra un trabajador y tan infrecuente encontrar investigaciones que expliquen, con el mismo nivel de detalle, cuánto dinero acumulan quienes están en la cima de la pirámide.

La pregunta entonces deja de ser cuánto gana una empleada doméstica. Eso ya lo sabemos. La verdadera pregunta es por qué nos parece tan importante saberlo. Y por qué nos parece tan normal ignorar todo lo demás.

Después de todo, el trabajador no está escondiendo nada. Su salario aparece en un recibo. Tal vez el misterio no esté ahí. Tal vez el misterio empiece exactamente donde termina la conversación.

Tranquilos. Ya sabemos lo poco que ganamos.

Ahora faltaría averiguar cuánto ganan quienes llevan décadas preguntándonos por nuestro sueldo mientras mantienen el suyo cuidadosamente fuera de toda posibilidad de análisis.

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