1993 fue uno de los años más lindos que viví. En ese momento no lo pensaba de esa manera, pero ahora sí. En febrero empecé a hacer radio con 18 años: rock nacional e internacional, los sábados al mediodía y tiempo después también a la medianoche. Era todo bastante precario, pero para mí era un mundo nuevo. Aprendía sobre la marcha, y sobraba el entusiasmo. Todavía quedaban vinilos por pasar, aunque ya empezábamos a transitar el cambio al mundo de los CD’s.
Ese mismo año también conseguí mi primer trabajo, en una mueblería. No era un gran laburo, pero estaba bien. Duré dos o tres meses, lo suficiente para entender el ritmo, y cierta idea de responsabilidad en la pesada entrega de esos armatostes.
En paralelo, flotaba algo que todos sabíamos que iba a llegar más temprano que tarde: el tan poco esperado sorteo.
En esos años, el servicio militar obligatorio se definía por Lotería Nacional, según las últimas tres cifras del documento. Número bajo, te salvabas. Número alto, adentro.
A mí me había tocado el año anterior, pero no había renovado el DNI a tiempo. Me había salido un número bajísimo, el 006. Me hubiera salvado. Pero eso no pasó.
Al año siguiente, ya sin margen, salió el 882. No hizo falta que nadie me explicara nada. Era un número alto, definitivo. Nadie se salvaba dos veces.
El encargado de la mueblería me preguntó al día siguiente:
-¿Y? ¿Qué número sacaste?
—Ochocientos ochenta y pico…
—Uh… estás recontra adentro.
A los pocos días me dijeron que iban a necesitar a otro pibe. Tenían que ir formándolo. Todavía no había entrado al cuartel y ya me estaban corriendo.
Así que a comienzos de febrero de aquel 1994 me terminé presentando bien temprano, como tenía que ser. Era un día de sol radiante, de esos que parecen no tener relación con lo que viene después. Fui sin vueltas. No pensé en escaparme ni en pedir prórroga. Si había que hacerlo, que sea de una vez y listo. Pero muchos no iban, desertaban o pedían prórroga.
Los primeros días fueron de encierro absoluto. Encierro al que te vas acostumbrando, al igual que a las órdenes, a esa rutina y disciplina tan peculiares. Me tocó la Compañía de Infantería A, y ahí empezó otra lógica también. Porque no es lo mismo pertenecer a la infantería que a la Banda de Música, al Comando de Brigada, o a cualquier otro destino donde los soldados no la pasaban nada mal. La infantería era otra cosa. Ahí te forjan duro, porque, en caso de guerra, esos soldados son los que van a tener que estar en el frente de batalla.
Para cuando llegó el Mundial, ya éramos soldados adaptados al régimen. Hacíamos lo que nos decían y no había lugar para mucho más. La mayoría eran compañeros de Río Grande, de Ushuaia. Había de otras provincias pero eran los menos. Y después estábamos nosotros, los “nativos”: los chatos, para algunos suboficiales, o chilotes, para cierto tipo de provocadores, que buscaban que reaccionemos.
Hacíamos guardias y también la “imaginaria”: dos horas de vigilia dentro de la cuadra, cuidando a los que dormían. Terminabas, despertabas al siguiente, y así funcionaba la cosa.
Los partidos los seguíamos como podíamos. Había expectativa, claramente. El equipo del “Coco” Basile, con Diego, Batistuta, Fernando Redondo, Simeone, Claudio Caniggia, el “Burrito” Ortega, tenía algo distinto. Jugaba bien. Y los dos primeros partidos lo confirmaron.
Hasta que pasó lo que todos recordamos y lamentamos tanto todavía hoy. Lo que se vio en todas partes. Diego yéndose de la mano de la chica rumbo al control antidoping y no hace falta agregar nada más. Algo se quebró ese mismo día. Y ese Mundial, que pintaba para que sea una fiesta, empezó a convertirse en una pesadilla lentamente.
Bulgaria nos complicó la clasificación y después, para la Rumania de Gheorghe Hagi, casi no hubo mucho que hacer. Aunque igual se peleó hasta el final. Poco y nada, para la expectativa que había.
Por lo tanto, recién empezaba julio y ya nos habíamos quedado sin Mundial. Cosa fea si las hay para futboleros como nosotros.
Mientras tanto, yo seguía en la colimba. Y faltaba poco para las vacaciones.
La última imaginaria antes del receso me tocó un sábado frío. De esos en los que el invierno ya está instalado. Me quedé dormido tan torpe como profundamente. Hasta que de repente me levantó a los gritos un subteniente recién llegado de Córdoba, de los que venían con todo el reglamento y la prepotencia encima. La sanción fue pesada: quince días de arresto.
Mientras algunos empezaban a irse de licencia, yo me quedaba. Preso en un lugar donde ya estábamos bastante encerrados. Cubría guardias ajenas, hacía turnos que no me correspondían. Era parte del castigo.
Hasta que pasó lo peor.
Durante la instrucción previa a iniciar formalmente una de esas guardias, el cabo primero a cargo del grupo hizo lo que hacía siempre antes de tomar posiciones. Pero esta vez lo hizo adentro, en un lugar cerrado, cosa que no estaba permitida. La ametralladora MAG, que apuntaba siempre hacia abajo, no respondió como debía. Y al fallar el seguro, salió una ráfaga de entre cuatro y cinco proyectiles que rebotaron en el piso e impactaron en la pared. Un ruido ensordecedor, seguido de un estridente zumbido quedó en el ambiente por un rato largo.
Todos los soldados –éramos unos diez- nos quedamos quietos. Uno, dos segundos. Tal vez más.
Cuando volteo la mirada, veo a Chapita –quien estaba prácticamente al lado mío- intentando dar un paso hacia adelante.
Uno de los proyectiles le había perforado la pierna. El suboficial lo contuvo ahí mismo, antes de que caiga al suelo. Recién entonces los demás atinamos a movernos. Su cara se había transformado. Algo se había salido de control. Y la escena de dolor y sangre se convirtió desde entonces en algo imborrable.
Después llegaron más militares, una ambulancia, y el traslado. Primero al hospital del regimiento, luego al viejo hospital distrital de la ciudad.
A mí me tocó hacer guardia ahí, como parte del arresto. Así que, por la madrugada iba y venía. Del cuartel al hospital, del hospital al cuartel. Caminando y patinando sobre la escarcha de ese invierno del 94. Solo por la Avenida San Martín, mientras los días transcurrían y Chapita mejoraba. El walkman me acompañaba, viejo amigo inseparable de esas horas, escuchando Hecho en Memphis de los Paranoicos, álbum que nunca me gustó demasiado y que terminé canjeándolo por uno de Stevie Ray Vaughan con otro colimba.
No pasaba mucho. O pasaba todo, pero lento.
Chapita encima era un deportista destacado en la ciudad en aquellos años de su adolescencia. Y no recuerdo qué fue lo que me dijo tiempo después sobre si al final le habían pagado todo lo que le debían por el daño que había sufrido.
Al Diego le habían cortado las piernas, figurativamente.
A Chapita no.
A Chapita una se la habían reventado en serio.
Ya se rumoreaba en las noticias que el caso Carrasco traería el final del servicio militar obligatorio. Pero nosotros no creíamos en esas versiones.
Siempre decían lo mismo y nunca pasaba nada.

0 Comentarios