El país donde comprar fideos tributa más fácil que mover millones


En la Argentina actual, comprar un paquete de fideos es una operación fiscal perfecta. El impuesto ya viene incorporado en el precio, el consumidor lo paga sin discutir y el Estado recauda automáticamente. Mover millones, en cambio, suele requerir otra ingeniería: estudios contables, sociedades, exenciones, beneficios, vacíos legales o planificación tributaria. Entre una cosa y otra aparece una pregunta incómoda: ¿quién sostiene realmente al Estado?

La discusión volvió a instalarse en medio de un escenario económico recesivo, con caída del consumo, salarios deteriorados y una presión cotidiana que golpea especialmente a sectores medios y bajos. Y el dato más simbólico vuelve a ser el mismo de siempre: el IVA.

El propio Estado define al IVA como un impuesto al consumo que termina pagando el consumidor final. Esa lógica convierte a cada ticket de supermercado en una pequeña oficina de recaudación.

El problema es que el IVA no distingue demasiado entre ingresos altos y bajos. Lo paga quien llena un changuito con productos básicos y también quien compra bienes de lujo. Pero el impacto no es igual. Para una familia trabajadora, el consumo ocupa casi todo el ingreso mensual. Para sectores de altos patrimonios, el peso relativo suele ser mucho menor. Algunos estudios recientes estiman que los hogares de menores ingresos destinan entre el 40% y el 50% de sus recursos al pago de impuestos, mientras que en los sectores de mayores ingresos esa proporción es sensiblemente menor.

Ahí aparece una de las críticas centrales de los especialistas en justicia fiscal: los sistemas tributarios latinoamericanos dependen demasiado de impuestos al consumo y relativamente poco de gravámenes fuertes sobre grandes riquezas o rentas extraordinarias. Argentina no carece de impuestos progresivos, pero su peso dentro del sistema es relativamente bajo. En la práctica, la estructura tributaria combina elementos progresivos con una fuerte dependencia del consumo, lo que diluye ese efecto y termina desplazando la carga hacia abajo.

El Observatorio para la Justicia Fiscal en América Latina y el Caribe viene trabajando justamente sobre esa discusión: progresividad tributaria, concentración de riqueza y capacidad real de los Estados para cobrar impuestos de manera equitativa.

Mientras tanto, los números del consumo muestran una economía que sigue golpeando hacia abajo. Informes recientes basados en datos del IARAF reflejan una caída real en la recaudación del IVA vinculada al mercado interno, señal de que el consumo continúa estancado o en retroceso.

El dato es más fuerte de lo que parece. Cuando cae el IVA no solo cae la recaudación: cae también la capacidad de compra de millones de personas. En otras palabras, el principal termómetro del consumo argentino está mostrando que la sociedad compra menos.

En paralelo, artículos recientes de El Cronista y Ámbito Financiero volvieron a poner el foco sobre el peso de los impuestos vinculados al consumo y sobre la dificultad para reactivar la economía sin afectar ingresos fiscales.

El fenómeno tiene además algo silencioso: gran parte de los impuestos son invisibles. Están incorporados en alimentos, servicios, combustible, transporte o tarifas. Estudios citados en debates económicos estiman que cerca del 43,9% del precio final de algunos alimentos corresponde a carga tributaria.

Por eso, mientras la discusión pública suele concentrarse en evasión sofisticada o grandes contribuyentes, millones de argentinos tributan todos los días sin posibilidad de escaparle al sistema. Pagan al consumir. Pagan antes de ahorrar. Pagan incluso cuando el salario ya perdió contra la inflación.

La paradoja argentina aparece ahí, en esa escena cotidiana casi invisible: el Estado tiene más facilidad para recaudar sobre un changuito de supermercado que sobre estructuras financieras complejas.

Y en tiempos de recesión, esa diferencia se vuelve todavía más evidente. Porque cuando el consumo cae, quienes primero dejan de comprar no son precisamente los sectores más ricos. Y cuando eso ocurre, no solo se resiente la economía: también queda al descubierto hasta qué punto el Estado depende, sobre todo, de quienes menos margen tienen.

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