El viaje recién comienza


Me siento a escribir porque es lo que debo hacer.

De alguna manera sé que fue él quien me lo hizo saber hace muchos años.

Pero yo no lo sabía.

Apenas había leído un puñado de revistas El Gráfico y algún que otro libro cuyo contenido ya olvidé.

Fueron sus canciones las que me tocaron una fibra. No sé cuál. Tal vez alguien tenga el poder de llegar a eso que llamamos alma. Inexplicable. No sé qué fue exactamente, pero ese no saber fue lo que me pasó. Y desde aquel día, no pude dejar de hacerlo.

No pude dejar de decir. Con mis errores, con mis desaciertos. Con mis contradicciones y con ese siempre necesario punto de partida. Necesario porque es combustible. Porque hay que saber desde dónde se parte, por qué y para qué. Es el disparador.

Pero no todo pasa por decir. El vehículo son las canciones, esas que terminan de configurar algo que llamamos viaje. Y para llegar a destino hay que saber cómo y con quiénes.

Esta mañana los diarios cuentan que nos dejaste. Pero sabemos que los diarios también son eso: cuentos.

No creo que puedas dejarnos del todo. Además, ¿qué podrías dejarnos si estás en todas partes? Desde el primer día que tocaste algo en alguien.

¿Cómo no volver a esas canciones si nunca me fui de ahí?

Decían que eras críptico. Ocultista. Pero se ve que eso no te salió tan bien, porque desde las entrañas la gente sintió que el mensaje había llegado. Y no dejó de acompañarte ni en la soledad más absoluta.

Pero ya basta del scroll infinito de videos. De lo que dijiste, de lo que hiciste o de lo que no hiciste.

Basta de recordar lo inmenso que fuiste.

¿Por qué siempre tan masoquistas nosotros?

¿Por qué no aceptar, simplemente, que tu cuerpo dijo basta?

Que te dio el día y el lugar como respuesta a una de tus últimas preguntas más angustiantes.

Y basta también de copiar y pegar cosas que no conducen a ninguna parte. Pensemos por nosotros mismos. Porque entre tanta canción críptica, eso era también lo que proponías.

Esquivar la orfandad de ideas en la que parecemos habernos instalado.

Escapar de esta rutina de loops interminables, de discursos y palabras que no nos representan.

Buscar en los versos de una buena canción una razón para seguir más livianos.

Sin tanta culpa.

Sin tanta carga.

De nuevo, más livianos.

Y alcanzar ese hedonismo que no tiene nada que ver con el dinero.

Porque todos sabemos hoy que también el lujo es vulgaridad. Y que lo que cuenta, al final del camino, es llegar sano y salvo a la próxima estación.

A esa estación a la que hoy llegaste.

Esperanos ahí, que el viaje recién comienza.


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